viernes, 7 de octubre de 2011

Les fines chemises de Nicolas

Nicolas Grenier était juste devant moi, discret comme d´habitude. On était allé à la patinoire avec des potes mais on se connaisait pas trop encore... j´aurais jamais rien imaginé après ce moment de « froid rencontre »… C´était de ce genre d´homme qui étudie avec Dvorak et fait à manger avec Brahms… ce mec distingué, bien élevé, de fines chemises, qui peux toujours te surprendre avec son élocution sublime... quand il était près de moi, je pouvais même inspirer l'élégance de la Vienne que j´avais connu l'été dernier… il aurait pu être l'héros d´un film d' amour du Moyen-Âge...
Soudain, malheureusement, tout s'est passé trop vite: La soirée crêpes, le concert du piano, les repas au RU, les après-midis d´organisation du voyage à Budapest, les discussions sur Skype et enfin, être perdue une nuit dans les Carpates avec qqn peut aussi aider à lier qqch assez profonde…
Je venais de sortir de sa voiture direction la chambre 910 de la résidence A. Weiss.  [...]
C´était carrément la fin d un jolie voyage, et franchement (il faut avouer la vérité), quand je me suis rendue compte de l'évidence, j’ai eu très mal au cœur… Dans ma chambre, et avec une fatigue inexorable, je buvais une bouteille d´ ice tea comme si la fin du monde était proche. Chaque minute j´étais un peu plus près de cette vie idyllique des châteaux.  J´avais envie de "m' enfermer"sous la couette, et d’écouter sans arrêt un million de CDs qui alimenteraient mes rêves de petite fille.  Et, juste de cette façon là, sur fond de Sonatine de Ravel, je me suis douce et finalement endormie.

The morning- The weeknd

jueves, 6 de octubre de 2011

100 años

           El sueño me ahoga a las tantas...Tengo la noche en la punta de los labios. Vagabunda en mis propios zapatos. Entre las huellas digitales, guardo prisionera la radiografía de tu fractura con la sociedad.
Aprieto la llave a la cerradura de mi inocencia, Javier me llama; El ruido del móvil rompe la simetría que mi vida ya no tiene. Mi mundo cuelga del cable del teléfono. Soy un refugio nuclear desértico. Una catedral sumergida. Una paloma contemplando las estrellas desde la orilla. La nostalgia, inconformista, se escurre por las teclas del portátil. Suena una canción de los Beatles y el eco nervioso de tus pensamientos me vibra en la cabeza como las cuerdas de un violín en la caja de resonancia.

Desapareco de pronto del mundo como una pastilla efervescente en un vaso de agua. Me arranco de cuajo el recuerdo del día de la capucha. Me crucificas los labios en las mejillas y nos decimos adiós.

El aliento de la luna, lo quieras o no, es un bisturí que nos abre el apetito en canal. La noche se hipertrofia en mi reloj, se nos consume como un cigarrillo. Entenderás que la nicotina es muy adictiva. La bruma del reloj es implacable y es que el tiempo es hoy una ridícula marioneta.

Cuelga disecada tu saliva sobre el cuello de tu botella de cerveza. El frío de mi copa de vino me pone la piel de gallina, el mundo se derrama por las comisuras de nuestra boca. Tú también tienes frío y por eso se te pone cara de poeta maldito: me lanzas sin piedad alguna que la vida no es sueño, que la ciudad es hostil, se me llena el alma de lágrimas: tú aún no te has dado cuenta de que sigo queriendo ser una bailarina de ballet…

Hablamos de las llagas de nuestro corazón manoseado y luego te confieso que yo también juego a las muñecas rusas… Pero eso qué importará si a ti los aviones te dan igual, eres un equilibrista desequilibrado, odias al público que va a tu circo, tus gafas son agua contaminada, tienes el pulso acelerado, buscas desesperadamente un refugio, un lugar al que poder regresar, algo o alguien que te agarre al mundo.
A mí se me oxidan las razones escuchándote, te contemplo mitad cómplice, mitad escéptica, pero siempre silenciosa como una catedral.

El sol se deshace mientras me explicas un chiste malo. Miro atrás: te sangran las rodillas y aunque me gusta la medicina, ¡yo qué sé cómo curarte!. Tampoco sé lo que ponía el guión ahora… pero algún día tendré que decirte que todos estamos solos, que nuestras vidas caben en una maleta.

El cielo nos arrastra de vuelta a casa, el sol ya no calienta. Atardecer agrio y opaco que no me has dejado tiempo casi a saborear. 
El grito de las piedras al colisionar con nuestras pupilas de mercurio vuelve loco al perro. Corremos los 3 solos por los campos de castilla. Me embarga la maldita sensación de que somos los últimos hombres en la tierra. Tengo un frío terrible.

Tus palabras trazan un horizonte artificial entre nosotros. Las piedras pasan cabizbajas bajo la suela de mis playeros. El corazón del sendero nos zarandea. Odias la cirugía... una pena desnuda y mustia me pilla desprevenida en el descampado y me pide un penique. ¿Un penique? no tengo un penique... Se marchitan mis ganas de volver a verte al avanzar el camino. Pero no todo es finalidad. Estoy empezando a cogerle un gusto estúpido a hacer cosas que no me llevan a ninguna parte.

Tu mirada decadente me intenta derrocar. El cadáver del silencio me hace enmudecer. Pero soy una chica fuerte y no me rindo tan fácilmente. Me exilio unos pasos del camino. La piel húmeda de tu casa me hace sentir extranjera.
Nuestros ojos se funden en ninguna parte. Nos hemos teletransportado a otra era, otro país. Eres una manada de bisontes en estampida. Pero eso tampoco me da miedo. No eres el primer diastema que diagnostico.

El asfalto hierve bajo las ruedas del coche; a pesar de las metáforas, desde que he entrado en el coche, no me miras.
La arena mojada que trajeron tus zapatos de viaje me empaña la alegría. Trozos de ciudades bajo tus uñas me arañan el alma. Las cenizas de tus historias vuelan sin rumbo. Quieres reconstruir el mundo a partir de una de tus costillas. Sin embargo, mañana nunca será mañana. No sabes quién eres pero hace tiempo que te has lanzado a averiguarlo. Has vivido 100 años en los últimos 23. En tu autopista vas a 200 por hora a ninguna parte. Yo voy en la otra dirección, nos encontraremos en el otro lado del mundo o tal vez el inconformismo nos escupa de nuevo a aquí mismo.

Mañana serás solo la espina de una rosa al final del pasillo, un océano nos crujirá en dos.
Abandonaremos la ciudad, con o sin melancolía.
Me pregunto qué seremos cuando me marche. Cuando te marches.
El trozo de una canción.
Palabras al azar.
Unas manos frías.


Stranger- Tribe of Zebras

sábado, 1 de octubre de 2011

Interrail hacia un desconocido

Días iguales venían persiguiéndose durante todo el verano. Un verano inútilmente hambriento, ansioso por un futuro prometedor que no encontraba un puerto en el que atracar. Llevaba tres días durmiendo las mismas horas que un presidente del gobierno, y alimentándome a base de los "sweeties" que Kate Brandom me había regalado por mi cumpleaños. Definitivamente la situación era más insostenible que la última semana que pasé en Ibiza. Por no quedar, no me quedaban ni huevos... los había echado todos la semana pasada, cuando tomé la arriesgada (pero sana) decisión de dejar el anterior trabajo en la Ciudad Fantasma.
En aquella semana de purgatorio, yo... ya no era yo... la incertidumbre lo inundaba todo y me echaba un gélido pulso. Pero eso fue antes de aquel billete de tren de 7 horas y de París.

Julien Cohen estaba sentado en el asiento de al lado. Feroz cueva de náufragos, acogedor como un camino por el que has pasado ya muchas veces. Todo se lo tragó aquel vagón: diez amores efímeros e interculturales de medio pelo, dos periplos europeos a bordo de una mochila y la sinceridad que solo otorga el poder hablar con un desconocido que no te juzgará.
Lanzo una mirada fugitiva y aterciopelada a la imagen trasparente de Julien que emite el cristal del tren. Julien tiene la barba y el pasaporte de aquel guapísimo venezolano del pasado verano, el frágil y familiar perfume de Alex, la serenidad y la ternura de Martin y el morbo insano e inexplicable de Kissinger. Se rie sutilmente en la cafetería, como si pretendiese seducir al paisaje que abraza al tren, el instante me parece perfecto. Hasta el café (que es una mierda) me lo parece. Algo en mí se retuerce al pensar que habría sido un buen compañero de viaje en otra vida. Francamente... espero que la reencarnación exista!
Primeros rayos del crepúsculo: irreverente premonición de que nuestro destino es inminente. Entristezco de pronto como un viaje que no te has dado cuenta que se acaba. Julien se queda ausente y taciturno, como una noche en mitad del campo. Callado. Constelado.
Por primera vez odio los trenes (y supongo que también los atardeceres). Ambos son absurdos y despiadados, todo te lo dan y todo te lo quitan. Ahora y solo ahora entiendo a los mayas... Un cinturón espeso de silencio me ciñe los labios y enmudezco de forma inmediata. Dudo patológica y desesperadamente y me debato entre sentirme Fría, como un letargo doloroso en mitad de Laponia, Revuelta, como si me hubiesen pasado el intestino por una de esas centrifugadoras de las películas de Isabel Coixet o más bien Sola, como un espantapájaros en mitad de un campo de girasoles.

Al igual que las redes no retienen el agua, mi delirante juventud no entiende de reflexión o de pragmatismo masculino. Así que cae la hora de la venganza y dejo libres las riendas de un frío teclado que ha viajado conmigo más horas que la racionalidad en mi cerebro, para soltar en delirio mi sinfonía de palabras.
Este sería un momento ideal para llorar. Pero soy incapaz: estoy rota de cansancio... vaya por dios!
Fingimos una despedida falsa y desatinada, y como es de esperar, lanzo mis abatidas redes a los ojos transatlánticos de mi hermana, que ya sabe lo que viene ahora...
En la sofocante tempestad madrileña de la mañana siguiente, aun con los párpados superiores con resaca, y el funcionamiento de mis sinapsis en rehabilitación, lo intento. Intento y lo intento obstinadamente... desenredarme del pelo su imagen, su barba, su diastema interincisivo, la tímida solidez de sus ojos, la media sonrisa de su perfil derecho, su ceja izquierda ligeramente levantada, y unas converses sucias, exhaustas de conocer mundo.
Intento y lo intento haciéndome la remolona, dejar a un lado la embriaguez de sus palabras, de su voz, lo inalcanzable de la sensatez y la profundidad de un hombre 6 años mayor que yo. 

Con los días mis deseos se cumplen, y aparece un vaho en el cristal de un vagón cojo que casi con certeza no podría ir a ninguna parte. Mi corazón de verano me sermonea y luego se fuga como una ola.
Haber topado hoy con el teclado del ordenador ha sido como topar un loco con la cuerda de un campanario. Y quién sabe, tal vez todo puede ser viable si soy capaz de ponerlo por escrito: sí, igual al fin he doblegado mis pensamientos a la teoría de la visualización de la que hablaba Rhonda Byrne en "El Secreto".
Late sobre el silencio previo a que embarque hacia una nueva vida mi más solemne y firme deseo de no volver a encontrar a Julien en ningún otro tren en el que no compartamos destino. Está decidido. Eso me tranquiliza.

Sin embargo, una exclamación me atraviesa la garganta de pronto, !Qué paradoja!; Llevar DOS años deseando volver a Francia, mi país amado, la tierra prometida, y conseguirlo justo DOS días después de haber empezado a sentir por un instante el anhelo de permanecer en la capital del país que me dio a luz.

Pero la vida es algo más que trenes, así que tomo un avión.
Y me acurruco en el fondo del asiento del avión para pensar con nostálgica calma en el último cuaderno de viaje que escribí, heredero de un viaje que ya pasó o en el sabor del próximo que escribiré.
Y me abrocho el cinturón de seguridad, en unos minutos voy a aterrizar en la realidad...
Y veo bajo el vientre fértil del avión tintinear las luces de la gigantesca París.
Solo deseo volver a recuperar pronto mi pasión por los trenes.

Way back home -Bag Raiders

viernes, 18 de febrero de 2011

Las vacas flacas





Se acabaron las vacas flacas :):):)
Gracias, Julia Azcoitia, por no haberme dejado perder la esperanza nunca.

Big Big Love- Foals




lunes, 7 de febrero de 2011

Las palabras

Nuestro equilibrio emocional no depende del por qué o del cuándo se desarrollan los hechos, sino de cómo los asimilamos y del tiempo que nosotros mismos decidamos que nos afecten
Las palabras pueden ser el filo de un cuchillo cortante o la caricia de la yema de un dedo; la espina de una rosa o el tacto aterciopelado del pétalo de un tulipán. Los hechos se olvidan, pero las palabras son inmortales, porque asustan más que los hechos y nos ofenden más que la realidad. Las palabras son condición exclusiva del hombre; nuestra manera de manifestar lo que creemos, sentimos o esperamos. De forma que, parece deducción innecesaria el decir que el amor carece de sentido y de realidad sin el reconocimiento que solo puede conferir la expresión oral.  

Little Secrets- Passion Pit

domingo, 6 de febrero de 2011

Precipicio en espiral

Era uno de esos 7 de octubre de los que nunca me olvido y Luis Kissinger me estaba esperando en un rincón de la estación de Atocha dispuesto a llevarme a tomar un Rueda con Lorca y Dalí. Hablamos toda la mañana de La Residencia de Estudiantes, de las vanguardias, de los cafés de París, del cubismo, del surrealismo y de Cadaqués. Supongo que este día es cuando comencé a sentir un cariño y una reverencia mística hacia a Kissinger y hacia el perfume de una capital que superaba los límites de todas mis expectativas. Le agradecí con la simpleza de una mirada que me hubiese llevado hasta allí, y permanecimos frente al jardín colgante despellejándole minutos a mi reloj de pulsera. Desgraciadamente, por la tarde fuimos al cine. Digo desgraciadamente porque salí de allí con una tristeza inmunda, pues acababa de darme cuenta de que ya no quedaban hombres como Fred MacMurray, con ese sex-appeal capaz de derretir a una fémina sin más maniobra que la del fruncido de sus hoyuelos. Kissinger está loco de remate, pero a pesar de todo creo que me resulta estimulante pasar tiempo con él, y bien mirado, supongo que la cordura no depende de las estadísticas. 
Como un día ya comenté, hace unos meses se hizo bohemio y nihilista, y ahora alardea hasta el extremo de la pedantería de negar los dogmas sociales, la existencia del ser humano, la libertad y hasta los cacahuetes pelados. Dice que le prendería fuego al determinismo, al capitalismo, a la dialéctica y a cualquier idea preconcebida que se le cruce por el camino. Yo creo que solo es que echa de menos a su bicicleta. Sé lo que es eso, yo también perdí la mía cuando salí de aquel país al que tanto amé. Como estratagema para cambiar de tema, le dije que me dolía la cabeza y sin responder una sola palabra me acarició la sien con la textura de sus labios y nos sumergimos en la inercia del metro. 
Kissinger es la única persona del mundo con la que era posible experimentar el esnobismo que un día tanto odié. Luis sabía también hablar en español y a pesar de todo se dirigía siempre a mí en francés en los lugares públicos (maldito hippie-burgués, eres sexy y lo sabes), momento en el que inevitablemente una atmósfera de intimidad especial me envolvía y me encerraba a su lado. Kissinger era el único ser en la tierra con el que podía hablar en el metro en francés del “1984” de George Orwell... hablar de que ninguna reforma había conseguido la igualdad humana, pues tras las conmociones, la estructura de altos-medios-bajos volvía a imponerse sustentada por la pobreza y la ignorancia, hablar de la mayor herejía del hombre -el sentido común-, o de que si un hombre tenía que elegir entre libertad y felicidad, siempre elegía la felicidad. Hablar de una realidad que estaba dentro del individuo, existiendo el pasado y el futuro únicamente en los textos, o de esa política que era como un grano de trigo que pasaba sin ser digerido por el cuerpecito de un pájaro. 
Kissinger tenía la misma fuerza absorbente que aquel precipicio en espiral de la escalera helicoidal de Giuseppe Momo en los Museos Vaticanos... él era en definitiva, la reconciliación de las contradicciones. 

Made for us- Mackintosh Braun

Fenómenos meteorológicos

Ayer me entró la morbosa curiosidad de contar todas mis cicatrices, sintiéndome un poco como el soldado viejo que enseña orgulloso a sus nietos las marcas epiteliales que los conflictos bélicos le legaron. Conté muchas pero, no sé cómo (mala memoria?), al final en el total me salieron cuatro. Ellas son, a fin de éstas y otras cuentas, mis trofeos, la honra de mi historia y de mi lucha personal, las lentes de un telescopio desde el que he podido ver la miseria y la verdad de un mundo en pelotas. He tenido una enorme suerte de ser una superviviente...
...Y sobrevivir al oleaje del paso de un tiempo que nunca terminaba de pasar, al tornado de aceite hirviendo de un par de pupilas. A las olas de calor nocturno de la colcha, a los accesos de fiebre de sábado noche de las sábanas y al terror de los truenos de suspiros con nombres que con el tiempo ya se me van olvidando. Al efecto invernadero que crearon los proyectos que nunca llevamos a cabo. Sobrevivir a las tormentas tropicales del hemisferio sur de mi cintura y a las auroras boreales de una noche de tequilas. A la gota fría de los besos rancios o al terremoto que nos abrió en dos.
Sobrevivir, sin pena ni gloria, a las gélidas nevadas de las historias con postillas levantadas, infectadas por el resentimiento y el miedo de no poder sangrar más, a todas las enfermedades mentales sin cura ni vuelta atrás. Sobrevivir al granizo de los marcos de fotos de alguien que ya no conocía. Y a la metralla que dejó el huracán de una noche deshabitada tras una primera o una última colisión. 
Sobrevivir, sin remedio alguno, a las aguas contaminadas con el ácido sulfúrico de las contradicciones. O al tsunami de ropa que voló jadeante y apasionadamente por el pasillo. 
Sobrevivir a la precariedad emocional, a la sequía creativa, a la vagancia y a la dejadez de la imaginación. A la lava volcánica del dramatismo, al crujido de una cama y al fin del mundo de los ultimátum. 
Sobrevivir, por qué no, a esa lluvia fina, que no cala pero moja, de las noches desafinadas con arpegios disonantes que retaban al contrapunto de mi cordura. A los eclipses lunares de mis días en vela. A la marea y al mareo de un barco sin rumbo.
Sobrevivir, por supuesto, al tiroteo del salvaje oeste de unos labios nuevos, febriles, valientes. A los viajes astrales del pasado en el presente. O al espejismo de un oasis de desengaños en el desierto de la incertidumbre. Al vino tinto, al vino blanco y a las burbujas del champagne de una mirada certera y profunda. A la exquisitez de las recetas glamurosas o a los ingredientes escatológicos de un pastel envenenado. Y supongo que también al orgullo de las mentiras pero no a la inocencia de la verdad.
De todas las cicatrices que pude imaginar tener algún día, éstas cuatro son una lotería. Porque gracias a ellas  pude sobrevivir a la guerra, y lo más importante: sobrevivir al amor sin renunciar a él.

Verdens Storste Land- Casiokids

viernes, 4 de febrero de 2011

Rutina autorrealizante

Son las 17:32h. La temperatura exterior es de 15ºC y la humedad del 36%. Estamos en La Alameda, una encrucijada artística y minimalista en el epicentro de Atocha. Como de costumbre, inhalo en “La Pompa” (el domicilio de las Azcoitia) caladas de un ambiente de surrealidad inherente a la casa y de un mosaico que lucha por la conquista de lo irracional.
La culpa de lo siguiente la tiene una de esas clásicas mañanas de domingo, hará ya muchas semanas, en las que me irrumpió una melancolía apocalíptica por un destino ingrato que en aquellos momentos se me antojaba culpable de mis dolores de cabeza, de mis dolores de columna y hasta de mi síndrome premenstrual; era la resaca.
Parecía no tener más alternativa que ceder a un brote de narcisismo y sumergirme en una retahíla interminable de recuerdos de amores interculturales y efímeros. Sin embargo, movida por un arrebato de originalidad, decidí tomar un camino divergente; un ejercicio exhaustivo de “desprejuiciación” y una bienvenida colosal al que será sin duda, un año fructífero en la historia de mi vida.
Ya había entrado glorioso en el calendario enero, y Kate Brandom y Clara Guillén se habían ido convirtiendo, poco a poco (junto con las Azcoitia), en uno de los mejores pasatiempos y alicientes de mi jornada. Ellas habían hecho que los problemas tuvieran la insignificancia de una larva de mosca.
Desde aquel domingo implantamos una comprometida y seria normativa de ámbito cultural y biológico, que comenzaba con las mañanas de estudio en la biblioteca del Museo de Arte Reina Sofía, rodeadas de libros, manuales y enciclopedias infectadas hasta la médula de arte y belleza. Para las tardes, apostamos por una decisión mucho más arriesgada; me gusta llamarlo “Subidón de feromonas” (o Gimnasio de Antón Martín).
Debo admitir que mi grado de felicidad y de autorrealización personal, aumenta cada día en relación directamente proporcional al pelotón de agujetas que ha colonizado ya músculos de mi cuerpo cuya existencia desconocía. Tardes y tardes de -literal- sudor y esfuerzo que concluyen con una especie de desvalida omnipotencia que me hace sentir que la cuesta que baja a casa desde el Gimnasio es aquella “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin... Los últimos minutos en la bicicleta elíptica son como una apoteósico y sobrecogedor final a ritmo de David Guetta en el que, un charco de éxtasis, similar a una sensación de drogadicción u orgasmo utópicamente sublime, se extiende y, surcándome los poros de la piel, se baña en todos los rincones de mi microcirculación; Salimos de allí convencidas de que nos hemos convertido en Superhembras y que cualquier día nos brotará un botón del esternón con el que, presionando, podamos volar o hacer que la compra del Súper aparezca delante de nuestras narices.
En el menú de las Superhembras ha quedado exiliada toda tentación hipercalórica. La única tentación que se permite es una de las diversas iniciativas promovidas en La Pompa llamada “sesión FRINGE”, que tiene lugar periódicamente a las 11 de la noche en la habitación de Kate. Me siento como Walter cuando salió del psiquiátrico y no podía dormir si no oía la canción de la botella de ron… ah, lo olvidaba, Peter Brishop es mi nuevo héroe de acción. La inexorable fatalidad de su destino y su innegable sensualidad gestual me vuelve más loca que Satie.  
Los días se me escapan de los dedos con la ligereza del vuelo de una mariposa. Me acuesto acurrucada en una paz y una armonía solo comparable al olor a ropa recién lavada secándose al sol en los balcones de la calle del Hospital de Estrasburgo en primavera. Me siento sana. Soy feliz. 



Animal- Mike Snow

viernes, 21 de enero de 2011

Le parcours

" Tout se rattache aux fondamentaux de l'existence humaine: la vie, l'amour, la mort... les instants de basculement qui parsèment nos vies et ce que nous étions à l'origine, dans la mesure où chaque étape décisive d'un parcours de vie se situe forcément par rapport à la source et par rapport à l'embouchure de ce parcours. " (Premières fois. Uno de esos libros que cambiaron mi vida)

Me voy corriendo, que Martín me espera en nuestro barrio preferido de Madrid. :):)
Disfruten del finde, porque se presenta... cómo decirlo? ... SURREALISTA, eso es  jajajaja
hoy tengo los niveles de electricidad por las nubes!
Irene


Sunday morning birds- Pajaro Sunrise

jueves, 20 de enero de 2011

Viajar por viajar

Strasbourg. 5.45 de la mañana. -17ºC. Sensación térmica: tengo ganas de que me desmonten todos los huesos del cuerpo y me afinen las venas como las cuerdas de un violín. En su lugar se me resbala el carnet del “tram” de los dedos… mi cuerpo ha perdido toda sensación propioceptiva. Mi grado de arroje y motivación por conseguir ese billete de tren me ha llevado a delinquir y, lo peor, estoy orgullosa.
Charles de Gaulle. Una chica espera en la cola frente a mí, parece que sabe a dónde va… cómo la envidio. Lleva un estuche con una viola en el que está escrito “la beauté est un bien qui peu dure, qui l´a doit la mettre en usage”. Me parece un buen eslogan para un músico.
Orly. Hay tanta gente de repente que comienzo a sentir una mezcla entre la náusea y el vértigo. Me compro un Frapuccino Moka escandalosamente caro… qué bien sabe! el dinero hace horas que dejó de tener importancia, exactamente desde el momento en el que me sentí atrapada en este país.
Beauvais. Nunca he visto un aeropuerto más feo con tantas vocales juntas. Desearía con todas mis fuerzas haberme decantado finalmente por la  familia alsaciana en lugar de someter a mi organismo a esta tortuosa e interminable inmolación. Mis ganas de entablar una conversación con el ser humano que respira a mi lado superan a mi timidez, e inicio, espontánea, una conversación con un chico joven que se parece a Guillaume Canet. Sus ojos brillan como las luces de Budapest sobre el Danubio. Es gracioso que él sea alemán y yo española, y que nuestra única posibilidad de comunicación sea que él me hable en inglés y yo responda en francés… No sé cómo pero hemos terminado hablando de "A Clockwork Orange" (La Naranja Mecánica) y del conductismo de Watson y Skinner. Creo que está algo loco. Me encanta. Me dice su nombre y  me hace prometerle que incluiré nuestro encuentro en mi cuaderno de viaje.
París Montparnasse. Hacía semanas que no pisaba París. Me sigue pareciendo magnífica, a pesar de la nieve (responsable de mi peregrinaje) o de que tenga un tobillo medio roto y mis hombros ya no me dirijan la palabra. Todo me resulta tan familiar que se me hace acogedor. En la cola me he acabado “La famille de Pascual Duarte”. Nota mental: dejar de leer, estoy empezando a delirar en francés.
Bourdeaux. Está siendo el viaje más romántico y bohemio de mi vida. En la estación he comprado una postal que me he pegado en el corazón y un billete de tranvía que me ha rejuvenecido diez siglos. Desde la cafetería de “Entre temps”, una señora leyendo un periódico local con gafas de vieja secretaria me mira de reojo. Me tomo mi “chocolat chaud” sin quitarme el chapeau y respiro profundamente ese ambiente a café francés de las películas de Jean-Pierre Jeunet con las que siempre soñé. Me siento tan Amélie que por un segundo tengo el impulso de darme la vuelta, y acercarme al fotomatón de la esquina, por si es allí donde está escondido mi Mathieu Kassovitz. 

Pourquoi c'est beau- Christophe Maé

miércoles, 19 de enero de 2011

Sonrisa de caramelo

Aquí estamos Julia, Clara Guillén (su nueva compañera de piso) y yo. Hemos bajado a sentarnos al muelle a hablar de lo que le pasó el otro día a Irene. Me he dado cuenta de que hablábamos con esa indolencia de cuando ya ha pasado el tiempo suficiente como para poder reírte de una situación. 
Julia nos ha introducido a su "Salvatore", ese accidente de simetría, inmune al despeine, que ha conseguido hacer que "la física sea apasionante" para Julia.
Yo, por mi parte, he contado que esta mañana he tenido como paciente al pastelero que hace el roscón de reyes al mismo Rey (verdad verdadera) y que me ha obsequiado con una caja enorme de calorías en forma de trufas y pastelitos de chocolate... creo que no podía haber elegido mejor profesión! 
Clara, para culminar la sesión "Gossip girl" nos ha estado explicando cómo son los hombres en su país, de lo que no puedo más que sacar como conclusión otro argumento más para la poligamia y afirmar con más rotundidad que nunca que Darwin era un soñador, pero en fin, algún precio tenía que tener poder mear de pie... Lo más bonito que Clara nunca había escuchado de su primer novio fue algo así como “tienes unas tetas que ya quisiera La Primavera de Botticelli” (no me queda claro si esto era un cumplido o una condena). El segundo -dice- le robó la respiración, el corazón y el sueño (en ese orden). He mirado a Julia y he visto que se le había indigestado el bulbo raquídeo. La conversación se movía por unos derroteros que su pudor semántico no era capaz de digerir. Me encanta Clara, es una chica que promete muchas risas; creo que este curso voy a pasar mucho tiempo en casa de las Azcoitia.
Al cabo de un rato Irene ha llegado, con una sonrisa de caramelo, reluciente de silencio. Su mirada de porcelana revelaba todo sobre su cena en el etíope. Creemos que su amnesia va remitiendo, pero sigue sin recordar nada del pasado más cercano. Me ha preguntado que de quién es el tocadiscos de color cerezo del salón. A Julia se le ha puesto la carne de gallina y a mí me ha invadido una tranquilidad infinita su pregunta. Era un verdadero milagro; según nos contó, Martín le había regalado una rosa el día de la cena, gracias a la cual, Irene pudo salir de su cárcel de recuerdos con espinas tras despertarse del coma. Estoy contenta por ella; por fin podrá recordar y reconstruir su propia historia como ella siempre quiso; con una sonrisa de premolar a premolar.

Walking on a dream- Empire Of The Sun

martes, 18 de enero de 2011

Reanimación con salsa berebere

Irene llevaba 22 años buscando. Buscaba a un poeta, para ser la musa de sus sinestesias; a un cineasta para ser la piel de sus historias de amor; a un pintor, para salir con él por las tardes a dibujar las puestas de sol en la playa; a un fotógrafo, para que guardase en su objetivo un beso sobre su lunar de la espalda; a un bailarín, para hacer el amor a ritmo de tango; o a un músico, para ser el latido interno de las melodías de sus manos.
Pero hace unos días, se cansó de buscar y ha caído enferma. Irene está enferma de decepción. Ha entrado en shock anafiláctico de desengaño. Sufre masoquismo y demencia senil, además de -como ya comentamos-, crisis epilépticas de inconformismo. Se despierta con arritmias de incomprensión, reflujos gastroesofágicos de rabia y asma de impotencia. El fin de semana le han salido ampollas de insatisfacción, ha sufrido anemia creativa y convulsiones febriles de signos de interrogación.  
El lunes decidió entrar en coma, y así lleva, exactamente, 3 días, ni uno más, ni –por desgracia- uno menos. 3 días desconectada de la realidad. He rezado para que un milagro pase. Para que se levante una mañana al lado de ese artista al que lleva 22 años buscando y sienta que la vida… que la vida podría ser maravillosa.
Hoy, 4º día de su coma (siempre le gustaron los jueves), ha llamado al timbre el médico al que habíamos avisado su hermana Julia y yo. Traía analgésicos potentes y un individuo que decía ser músico, pintor y cineasta. Interesante…, me dije. He girado la cabeza para examinarlo y -para mi sorpresa-, he comprobado que era el mismísimo Martín, con una rosa asomando en el bolsillo trasero del pantalón. Julia me miraba, cómplice, de reojo. Le dije que valía, que íbamos a probar. Al cabo de una hora, Irene ha abierto al mundo unos ojos exhaustos de estar ciegos y, con la confusión de su amnesia, ha preguntado por el nombre del chico.  Le he dicho que se llamaba Martín y, esbozando una sutilísima sonrisa, ha balbuceado: “es un nombre muy bonito”. A Martín se le han llenado los ojos de agua y la ha cogido por la cintura como si fuese una bailarina de ballet de cristal.  Hace diez minutos que se han ido. Se la ha llevado a cenar fuera a un restaurante etíope… no sé qué tal le irá la salsa berebere a Irene en su estado, pero confío en que bien. 

Fields of Gold- Sting

lunes, 17 de enero de 2011

El algoritmo


Algunas veces mataría a Irene. Hoy me ha sonado el móvil en mitad de clase de Odontología Legal. Era ella. He salido disparada por si le pasaba algo importante. Me llamaba desde Rusia, nada más y nada menos. Sólo pude oír un “ya lo entiendo, ya lo entiendo!!”, hablaba con ese aceleramiento y esa incoherencia de cuando hablas más rápido de lo que piensas.
Irene se había pasado la mañana en el Hermitage de San Petersburgo y además de una sobredosis de arte, por lo visto, había encontrado un nuevo sentido a su vida mientras observaba un Monet. Aquella noche no había dormido mucho por culpa del Vodka ruso. Llevaba trece minutos mirando el cuadro hasta que, más por casualidad que premeditación, se alejó un poco, ladeó el cuello y se le encendieron las pupilas… “claro…” pensó. Y acto seguido me llamó.

“Maxime, te juro que estaba viendo ese Monet y no comprendía nada. Pero de pronto vino a mi mente la imagen de Martín. Y me dije, genial Irene, ayer se te fue de las manos con el vodka, porque ¿¿qué coño tendrá que ver Martín con el impresionismo??. Pues lo tiene que ver todo, Maxime, todo. Martín es ese cuadro, es esos cien millones de puntos que pintó Monet. Pero he tenido que caminar dos metros hacia atrás para averiguar lo que se escondía tras ellos”.
 
Martín e Irene siguen siendo aquellos dos niños pequeños de la clase de coro que un día salieron de su burbuja. Son un puzle de trece mil piezas descolocadas en el espacio y en el tiempo. Irene tiene mucha imaginación pero nunca se le pasó por la cabeza dedicar un poco de tiempo a ordenar unas piezas que quizás podían encajar a la perfección, por más que intenté hacerla entrar en razón, hasta que aquella mañana  decidió quitarse sus gafas de sol de Audrey Hepburn. Yo no creo que la culpa la tuviese Monet, en todo caso Francia o las canciones del café Europa. Pero a mi amiga no le bastan 15 otoños, ella necesita algo más, como un golpe en la cabeza o una alineación de planetas.  
Todas las personas que llegan a su corazón lo hacen de la misma forma: Sin hacer demasiado ruido. Julia y yo tenemos la teoría de que la rapidez e intensidad de las obsesiones de Irene son directamente proporcionales a su capacidad para pasar hoja. A más rápido entran las flechas en su corazón, menos secuela dejan. Sin embargo, las que lo hacía sigilosa y lentamente, como una periodontitis crónica, permanecían irreversibles. Martín no sabía mucho de procesos agudos o crónicos, pero había conseguido el algoritmo para dar en la diana de Irene.

You get what you give- New Radicals

El collage de Maxime Dudouet

Maxime Dudouet, por ejemplo, soy yo. Ya he vivido 22 años, aunque esto sea una incongruencia, pues nací hace solamente tres, fecha en la que tomé la decisión más importante de mi vida: arriesgarme a ser valiente.
Por eso, AHORA soy el collage del lado positivo de las consecuencias que trajeron pequeños cambios que no había previsto en la vida. Soy todo lo que me gustará tener en el futuro y nada de lo que ya no quiero de algún momento del pasado. Soy el inconformismo agudo de Irene, el queso de los macarrones de Julia, la piscina a la que -gracias a Alex- Irene se tiró de cabeza, los “je t´aime” que aquel francés guapo me dijo en París, la fragilidad y la juventud de Kissinger, los 7 cuadernos de viaje que terminé de escribir ayer y los 15 otoños sorbiendo chocolate caliente junto a Martín

This is the life- Two Door Cinema Club

domingo, 16 de enero de 2011

El regreso de las semicorcheas

Julia Azcoitia es la hermana pequeña de Irene. Le gustan las medias grises, los macarrones con queso y el Kitsuné Maison Compilation. La gente dice que son como dos gotas de agua, y yo tengo que admitir que cada día se parecen más. Su relación es algo que me ha suscitado siempre una envidia insana; Irene y yo somos como hermanas, pero Julia es –ante todo– su mejor amiga. Tomamos desde hace años cada domingo café con Baileys y galletas María en su casa después de la comida y desde los 18 de Julia, ella también sale de fiesta con nosotras con mascarillas de oxígeno, llaves y candados, por si las moscas. 
Julia heredó toda la responsabilidad y el pragmatismo que a Irene y a mí la genética no nos quiso conceder, y aunque tenga cuatro años menos, somos nosotras las que le imploramos consejos para solucionar nuestros problemas metafísicos. Julia tiene mucho genio, y aunque le tenía mucho cariño a Alex, el día en que éste le dijo a Irene que “no tenía claro” si quería tirarse de cabeza a la piscina, se puso como una fiera y le pidió a su hermana que se librase de la hipocresía de someterse a una realidad que no cuadraba. Irene, que veía con más claridad desde los ojos de su hermana miope, aceptó que se prohibiese taxativamente escuchar el tocadiscos de Alex en aquella casa, e invadida por la certeza absurda de que todo era posible, comenzó a confiar con más fuerza que nunca en que el destino estaba a la vuelta de la esquina (como una furcia). 
Volvió a hacer pasta de sal, volvió a escribir, a dibujar corcheas y semicorcheas en los márgenes de las hojas de sus apuntes de cirugía maxilofacial y a creer con fe ciega en la teoría de los videojuegos de Martín. Volvió a anclarse a la vida, aquella que había descubierto el año que vivió en Francia y que lo había cambiado todo para siempre. En lo referente a mi historia con Kissinger, directamente piensa que es una entelequia y me recomienda aumentar las dosis de chupitos de Brandy a la mínima recaída.
Julia nos ha dicho esta tarde algo que no he entendido del todo; ha dicho que si no queremos vivir de espaldas a la sensualidad de lo sublime que miremos a nuestro alrededor… ¿se referiría a que deberíamos llamar a Martín Colunga e invitarle a tomar un daiquiri de fresa en La Latina? 

Climbing Walls- Strange Talk

sábado, 15 de enero de 2011

Los sorbidos de chocolate de Martín

 
Conocí a Martín Colunga cuando aún no se me habían comenzado ni a calcificar los gérmenes de las muelas del juicio. No me gusta el otoño, pero qué le voy a hacer si era el otoño del 96. Martín llevaba un pantalón corto y una camiseta azul marino manchada con helado de fresa. De cuclillas sobre la plaza del Conservatorio de Música, jugaba con un monopatín diminuto con el logotipo de Coca-Cola y al pasar delante de él, por acto reflejo me clavó unos ojos negros que prometían más solidez que el franco suizo. Tuve la certeza de que tras bajar la mirada había iniciado un viaje espacial y ahora estaba en otro universo paralelo. Me pareció un niño sencillamente feliz.
Primer día de clase de coro. Colunga estaba sentado por apellido entre Irene y yo... Solo de sopranos y Patricia Guerra, aburrida, le estaba dando pataditas en la espalda desde la fila de arriba a Irene mientras se burlaba de mí porque desafinaba. Yo odiaba el coro, pero aún odiaba más a Patricia Guerra, una niña que no sabía ni leerse la talla de los pantalones y que humillaba a Schumann cada vez que tocaba piano. Irene no pudo evitar mirar a Martín en busca de refugio, pero en sus ojos no había ni refugio ni paz, sino un volcán en erupción que se levantó como un ninja para marcarle un zapateado de barro al abrigo de Patricia. Irene y yo empezamos a reírnos como locas. Conclusión: el profesor nos echó de clase a los tres… Ya en la cafetería, Martín nos preguntó el nombre mientras metía monedas en la máquina de chocolate caliente. Acto seguido, dio un sorbo esperpéntico e interminable y nos ofreció un trago que nos unió para siempre.
Hoy es 15 de enero de 2011. Estoy con Irene en mi bar favorito de Malasaña, al que por suerte nunca llevé a Kissinger! Martín acaba de entrar… Irene creo que se ha puesto nerviosa (¿?) jajaja lo sé porque acaba de destrozar la servilleta de papel que tenía en la mano izquierda… me han dado ganas de reírme otra vez como cuando Martín le pisó el abrigo a Patricia… es curioso, han pasado 15 otoños y sigue dándole los mismos sorbidos al chocolate… 

Ghost train- Summer Camp

viernes, 14 de enero de 2011

La hija bastarda de Debussy

Irene Azcoitia acaba de llegar. Viste un camisa con lunares de ese “blanco romántico” que –dice- le hace sentir más suave. Viene a enseñarme orgullosa unos discos de vinilo de segunda mano que acaba de adquirir en la plaza del Dos de Mayo. Irene escucha vinilos porque está pagando el tributo a una arriesgada elección: Alex, su exnovio, quien le había regalado en la tercera parte de una historia demasiado larga, un tocadiscos retro diseño de los 70 de color cerezo, único legado material del que aún no se había desprendido tras su noviazgo –sin contar con un álbum de fotos repipis en el Retiro una tarde de Otoño–. Irene dice que está enamorada o desenamorada a la primera de cambio, creo que es un tic nervioso contra el que ninguna terapia será efectiva. No me preocupa mucho mientras siga durmiendo como un tronco por las noches. Lo único que me inquieta en lo concerniente a su estado de salud son esos períodos agudos de inconformismo que sufre de vez en cuando.
Irene tiene obsesiones extrañas, repite con frecuencia desmedida frases como “situación surrealista” o “se nos ha ido de las manos”, pero me lo paso muy bien con ella porque se ríe como si lo fuesen a prohibir y cuando salimos de discoteca siempre se las arregla para convencer a algún pobre ingenuo de que es la hija bastarda de Debussy. El cortex de Irene es incapaz de concebir frases como “me aburro” o “nos quedamos en casa” porque lo que le preocupa no es morirse, sino darse cuenta un día de que no ha vivido nunca. Por eso mismo, el día en que su madre, a la tierna edad de 7 años, le prohibió la pasta de sal (la gama de posibilidades de su universo creativo se desmoronó) me obligó a apuntarme con ella a clases de ballet y de piano, porque además -en el fondo- (a pesar de lo que diga de las fotos del Retiro) es una repipi...

Belong -Washed out

martes, 11 de enero de 2011

El enero de Luis Kissinger

Aquella tarde de enero había quedado con Luis Kissinger en la esquina del museo “MiniArtUras”, en una calle que se desprendía de la plaza de la cafetería de Émile Lemoine, el “Cafetilla Sixtina”, donde yo solía hacer siempre un alto en el camino antes de entrar a trabajar a la clínica del hospital universitario para leer el periódico y tomar uno de esos galácticos e incomparables croissants que el resto de pastelerías de la capital envidiaba.
La señora Lemoine era una mujer de unos cincuenta años, pequeña y un poco regordeta, de rostro pecoso y biprotrusión labial, lo que le otorgaba cierto parecido con Angelina Jolie. Llevaba siempre un moño alto siempre perfecto, porque solía decir que le hacía más alta, al igual que su reloj de pulsera Seiko. Se definía a sí misma como una amante de los pepitos de chocolate y el queso Camembert,  y sostenía que si la fabricación de croissants podía considerarse un arte, como de hecho así debería ser, ella era la “Miguel Ángel” de su Cafetilla Sixtina. Émile había nacido en la Baja Normandía, pero vivía en Madrid desde hacía 20 años, aunque seguía manteniendo sus costumbres francesas no como una forma de desadaptación sino como, lo que ella llamaba, una forma de preservar una identidad de la que se enorgullecía. Pasaba sus horas ensimismada asomada a la terraza de su “Sixtina”, como absorta en una obra de teatro interminable. Tenía un exquisito entusiasmo por la vida anodina de los ciudadanos que pasaban por aquel Madrid de principios de siglo XXI corriendo delante de su cafetería en dirección al metro, como si el diablo les persiguiese para llevarles a la hoguera.
La señora Lemoine trataba de ponerme al día sobre algún cotilleo, a lo que asentía irracionalmente con mi cara de escucha salomónica y contemplativa.
Miré hacia la plaza, bañada por un sol frío que empapaba las hojas que los árboles habían llorado aquella tarde. 
Vi en ese preciso instante a Kissinger cruzando la esquina de la calle Príncipe, como esa brisa fresca que peina las ciudades al principio del otoño. Atisbé la radiación inconfundible que desprendía su tronco delgado y esbelto.
Me levanté a pagar y despedí a la señora Lemoine apresurada, como si Kissinger se estuviese escapando de mí en lugar de yendo en mi búsqueda. Kissinger cruzaba por el otro lado de la plaza de Santa Ana, ajeno a mi mirada policial, que lo seguía a distancia. Me latía el corazón de forma brutal en las sienes. Aflojé el paso con la delicadeza de quien se desabrocha el botón de una camisa de seda, con el objeto de concederme un par de segundos para mirarlo con la misma contemplación con que se miran las cosas por primera vez. Kissinger se detuvo y giró la cabeza, descubriéndome al fin. 
Tomé aire.




viernes, 7 de enero de 2011

Vivo, entonces soy

Me llamaste burbuja Freixenet y Audrey Hepburn en Avilés...canté una mañana en Helsinki un rap en francés.
Fui princesa en Viena, me hice bohemia en Praga,...estuve perdida en los Cárpatos, cené en casa del Conde Drácula
Sobrevolé desde una lancha las aguas del archipiélago finlandés...estuve en la fiesta nº100 de las termas más antiguas de Budapest
Me tiré de cabeza en la Blue Grotto maltesa... me colé en un TGV camino de la frontera.
Jugué al 21 en sujetador en el sótano de la Alfred Weiss... me senté en las butacas del Parlamento Europeo estrasburgués
Me despertaste en Granada con Ravel, y en Alicante con Chopin... escuché  un "je t´aime", en lo alto de la Torre Eiffel
Vi dormirse a Madrid desde el Ático de Bellas Artes... paseé de la mano de un francés guapo en Montmartre
Bailé la Macarena en Gante... paseamos en Venecia sobre los canales
Me perdí en Estambul en el Gran Bazar,... bailé en Ámsterdam el Saturday Night
Me compré en Candem Market algo estrafalario,... me besó un pianista a orillas del Mediterráneo
Conocí el mismo día todos los aeropuertos de París... pinté un “yonki piños” en las ruinas del muro de Berlín
Vi en la Acrópolis a una estrella guiñarme el ojo... me reí en directo con un monólogo de Goyo
Nos bañamos desnudas en las aguas del Báltico... bailé apasionadamente con un húngaro un tango
Desayuné salchichas en Frankfurt, vodka en Rusia, sopa en Costanza... tomé Champagne en París, Capuchino en Roma y salmón en Finlandia
Vi la puesta de sol más eterna de camino a S. Petersburgo,... me llevaste a cenar al restaurante más caro de Estrasburgo
Tuve 2 pianos, un novio hardcoreta, 3 frascos de maquillaje,...1 bicicleta roja, 2 tamagochis y 7 cuadernos de viaje…


Lisztomania- Phoenix