Strasbourg. 5.45 de la mañana. -17ºC. Sensación térmica: tengo ganas de que me desmonten todos los huesos del cuerpo y me afinen las venas como las cuerdas de un violín. En su lugar se me resbala el carnet del “tram” de los dedos… mi cuerpo ha perdido toda sensación propioceptiva. Mi grado de arroje y motivación por conseguir ese billete de tren me ha llevado a delinquir y, lo peor, estoy orgullosa.
Charles de Gaulle. Una chica espera en la cola frente a mí, parece que sabe a dónde va… cómo la envidio. Lleva un estuche con una viola en el que está escrito “la beauté est un bien qui peu dure, qui l´a doit la mettre en usage”. Me parece un buen eslogan para un músico.
Orly. Hay tanta gente de repente que comienzo a sentir una mezcla entre la náusea y el vértigo. Me compro un Frapuccino Moka escandalosamente caro… qué bien sabe! el dinero hace horas que dejó de tener importancia, exactamente desde el momento en el que me sentí atrapada en este país.
Beauvais. Nunca he visto un aeropuerto más feo con tantas vocales juntas. Desearía con todas mis fuerzas haberme decantado finalmente por la familia alsaciana en lugar de someter a mi organismo a esta tortuosa e interminable inmolación. Mis ganas de entablar una conversación con el ser humano que respira a mi lado superan a mi timidez, e inicio, espontánea, una conversación con un chico joven que se parece a Guillaume Canet. Sus ojos brillan como las luces de Budapest sobre el Danubio. Es gracioso que él sea alemán y yo española, y que nuestra única posibilidad de comunicación sea que él me hable en inglés y yo responda en francés… No sé cómo pero hemos terminado hablando de "A Clockwork Orange" (La Naranja Mecánica) y del conductismo de Watson y Skinner. Creo que está algo loco. Me encanta. Me dice su nombre y me hace prometerle que incluiré nuestro encuentro en mi cuaderno de viaje.
París Montparnasse. Hacía semanas que no pisaba París. Me sigue pareciendo magnífica, a pesar de la nieve (responsable de mi peregrinaje) o de que tenga un tobillo medio roto y mis hombros ya no me dirijan la palabra. Todo me resulta tan familiar que se me hace acogedor. En la cola me he acabado “La famille de Pascual Duarte”. Nota mental: dejar de leer, estoy empezando a delirar en francés.
Bourdeaux. Está siendo el viaje más romántico y bohemio de mi vida. En la estación he comprado una postal que me he pegado en el corazón y un billete de tranvía que me ha rejuvenecido diez siglos. Desde la cafetería de “Entre temps”, una señora leyendo un periódico local con gafas de vieja secretaria me mira de reojo. Me tomo mi “chocolat chaud” sin quitarme el chapeau y respiro profundamente ese ambiente a café francés de las películas de Jean-Pierre Jeunet con las que siempre soñé. Me siento tan Amélie que por un segundo tengo el impulso de darme la vuelta, y acercarme al fotomatón de la esquina, por si es allí donde está escondido mi Mathieu Kassovitz.
Pourquoi c'est beau- Christophe Maé
