domingo, 6 de febrero de 2011

Fenómenos meteorológicos

Ayer me entró la morbosa curiosidad de contar todas mis cicatrices, sintiéndome un poco como el soldado viejo que enseña orgulloso a sus nietos las marcas epiteliales que los conflictos bélicos le legaron. Conté muchas pero, no sé cómo (mala memoria?), al final en el total me salieron cuatro. Ellas son, a fin de éstas y otras cuentas, mis trofeos, la honra de mi historia y de mi lucha personal, las lentes de un telescopio desde el que he podido ver la miseria y la verdad de un mundo en pelotas. He tenido una enorme suerte de ser una superviviente...
...Y sobrevivir al oleaje del paso de un tiempo que nunca terminaba de pasar, al tornado de aceite hirviendo de un par de pupilas. A las olas de calor nocturno de la colcha, a los accesos de fiebre de sábado noche de las sábanas y al terror de los truenos de suspiros con nombres que con el tiempo ya se me van olvidando. Al efecto invernadero que crearon los proyectos que nunca llevamos a cabo. Sobrevivir a las tormentas tropicales del hemisferio sur de mi cintura y a las auroras boreales de una noche de tequilas. A la gota fría de los besos rancios o al terremoto que nos abrió en dos.
Sobrevivir, sin pena ni gloria, a las gélidas nevadas de las historias con postillas levantadas, infectadas por el resentimiento y el miedo de no poder sangrar más, a todas las enfermedades mentales sin cura ni vuelta atrás. Sobrevivir al granizo de los marcos de fotos de alguien que ya no conocía. Y a la metralla que dejó el huracán de una noche deshabitada tras una primera o una última colisión. 
Sobrevivir, sin remedio alguno, a las aguas contaminadas con el ácido sulfúrico de las contradicciones. O al tsunami de ropa que voló jadeante y apasionadamente por el pasillo. 
Sobrevivir a la precariedad emocional, a la sequía creativa, a la vagancia y a la dejadez de la imaginación. A la lava volcánica del dramatismo, al crujido de una cama y al fin del mundo de los ultimátum. 
Sobrevivir, por qué no, a esa lluvia fina, que no cala pero moja, de las noches desafinadas con arpegios disonantes que retaban al contrapunto de mi cordura. A los eclipses lunares de mis días en vela. A la marea y al mareo de un barco sin rumbo.
Sobrevivir, por supuesto, al tiroteo del salvaje oeste de unos labios nuevos, febriles, valientes. A los viajes astrales del pasado en el presente. O al espejismo de un oasis de desengaños en el desierto de la incertidumbre. Al vino tinto, al vino blanco y a las burbujas del champagne de una mirada certera y profunda. A la exquisitez de las recetas glamurosas o a los ingredientes escatológicos de un pastel envenenado. Y supongo que también al orgullo de las mentiras pero no a la inocencia de la verdad.
De todas las cicatrices que pude imaginar tener algún día, éstas cuatro son una lotería. Porque gracias a ellas  pude sobrevivir a la guerra, y lo más importante: sobrevivir al amor sin renunciar a él.

Verdens Storste Land- Casiokids