Irene Azcoitia acaba de llegar. Viste un camisa con lunares de ese “blanco romántico” que –dice- le hace sentir más suave. Viene a enseñarme orgullosa unos discos de vinilo de segunda mano que acaba de adquirir en la plaza del Dos de Mayo. Irene escucha vinilos porque está pagando el tributo a una arriesgada elección: Alex, su exnovio, quien le había regalado en la tercera parte de una historia demasiado larga, un tocadiscos retro diseño de los 70 de color cerezo, único legado material del que aún no se había desprendido tras su noviazgo –sin contar con un álbum de fotos repipis en el Retiro una tarde de Otoño–. Irene dice que está enamorada o desenamorada a la primera de cambio, creo que es un tic nervioso contra el que ninguna terapia será efectiva. No me preocupa mucho mientras siga durmiendo como un tronco por las noches. Lo único que me inquieta en lo concerniente a su estado de salud son esos períodos agudos de inconformismo que sufre de vez en cuando. Irene tiene obsesiones extrañas, repite con frecuencia desmedida frases como “situación surrealista” o “se nos ha ido de las manos”, pero me lo paso muy bien con ella porque se ríe como si lo fuesen a prohibir y cuando salimos de discoteca siempre se las arregla para convencer a algún pobre ingenuo de que es la hija bastarda de Debussy. El cortex de Irene es incapaz de concebir frases como “me aburro” o “nos quedamos en casa” porque lo que le preocupa no es morirse, sino darse cuenta un día de que no ha vivido nunca. Por eso mismo, el día en que su madre, a la tierna edad de 7 años, le prohibió la pasta de sal (la gama de posibilidades de su universo creativo se desmoronó) me obligó a apuntarme con ella a clases de ballet y de piano, porque además -en el fondo- (a pesar de lo que diga de las fotos del Retiro) es una repipi...
Belong -Washed out