Julia heredó toda la responsabilidad y el pragmatismo que a Irene y a mí la genética no nos quiso conceder, y aunque tenga cuatro años menos, somos nosotras las que le imploramos consejos para solucionar nuestros problemas metafísicos. Julia tiene mucho genio, y aunque le tenía mucho cariño a Alex, el día en que éste le dijo a Irene que “no tenía claro” si quería tirarse de cabeza a la piscina, se puso como una fiera y le pidió a su hermana que se librase de la hipocresía de someterse a una realidad que no cuadraba. Irene, que veía con más claridad desde los ojos de su hermana miope, aceptó que se prohibiese taxativamente escuchar el tocadiscos de Alex en aquella casa, e invadida por la certeza absurda de que todo era posible, comenzó a confiar con más fuerza que nunca en que el destino estaba a la vuelta de la esquina (como una furcia).
Volvió a hacer pasta de sal, volvió a escribir, a dibujar corcheas y semicorcheas en los márgenes de las hojas de sus apuntes de cirugía maxilofacial y a creer con fe ciega en la teoría de los videojuegos de Martín. Volvió a anclarse a la vida, aquella que había descubierto el año que vivió en Francia y que lo había cambiado todo para siempre. En lo referente a mi historia con Kissinger, directamente piensa que es una entelequia y me recomienda aumentar las dosis de chupitos de Brandy a la mínima recaída. Julia nos ha dicho esta tarde algo que no he entendido del todo; ha dicho que si no queremos vivir de espaldas a la sensualidad de lo sublime que miremos a nuestro alrededor… ¿se referiría a que deberíamos llamar a Martín Colunga e invitarle a tomar un daiquiri de fresa en La Latina?
Climbing Walls- Strange Talk
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