Algunas veces mataría a Irene. Hoy me ha sonado el móvil en mitad de clase de Odontología Legal. Era ella. He salido disparada por si le pasaba algo importante. Me llamaba desde Rusia, nada más y nada menos. Sólo pude oír un “ya lo entiendo, ya lo entiendo!!”, hablaba con ese aceleramiento y esa incoherencia de cuando hablas más rápido de lo que piensas.
Irene se había pasado la mañana en el Hermitage de San Petersburgo y además de una sobredosis de arte, por lo visto, había encontrado un nuevo sentido a su vida mientras observaba un Monet. Aquella noche no había dormido mucho por culpa del Vodka ruso. Llevaba trece minutos mirando el cuadro hasta que, más por casualidad que premeditación, se alejó un poco, ladeó el cuello y se le encendieron las pupilas… “claro…” pensó. Y acto seguido me llamó.
“Maxime, te juro que estaba viendo ese Monet y no comprendía nada. Pero de pronto vino a mi mente la imagen de Martín. Y me dije, genial Irene, ayer se te fue de las manos con el vodka, porque ¿¿qué coño tendrá que ver Martín con el impresionismo??. Pues lo tiene que ver todo, Maxime, todo. Martín es ese cuadro, es esos cien millones de puntos que pintó Monet. Pero he tenido que caminar dos metros hacia atrás para averiguar lo que se escondía tras ellos”.
Martín e Irene siguen siendo aquellos dos niños pequeños de la clase de coro que un día salieron de su burbuja. Son un puzle de trece mil piezas descolocadas en el espacio y en el tiempo. Irene tiene mucha imaginación pero nunca se le pasó por la cabeza dedicar un poco de tiempo a ordenar unas piezas que quizás podían encajar a la perfección, por más que intenté hacerla entrar en razón, hasta que aquella mañana decidió quitarse sus gafas de sol de Audrey Hepburn. Yo no creo que la culpa la tuviese Monet, en todo caso Francia o las canciones del café Europa. Pero a mi amiga no le bastan 15 otoños, ella necesita algo más, como un golpe en la cabeza o una alineación de planetas.
Todas las personas que llegan a su corazón lo hacen de la misma forma: Sin hacer demasiado ruido. Julia y yo tenemos la teoría de que la rapidez e intensidad de las obsesiones de Irene son directamente proporcionales a su capacidad para pasar hoja. A más rápido entran las flechas en su corazón, menos secuela dejan. Sin embargo, las que lo hacía sigilosa y lentamente, como una periodontitis crónica, permanecían irreversibles. Martín no sabía mucho de procesos agudos o crónicos, pero había conseguido el algoritmo para dar en la diana de Irene.
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