viernes, 7 de octubre de 2011

Les fines chemises de Nicolas

Nicolas Grenier était juste devant moi, discret comme d´habitude. On était allé à la patinoire avec des potes mais on se connaisait pas trop encore... j´aurais jamais rien imaginé après ce moment de « froid rencontre »… C´était de ce genre d´homme qui étudie avec Dvorak et fait à manger avec Brahms… ce mec distingué, bien élevé, de fines chemises, qui peux toujours te surprendre avec son élocution sublime... quand il était près de moi, je pouvais même inspirer l'élégance de la Vienne que j´avais connu l'été dernier… il aurait pu être l'héros d´un film d' amour du Moyen-Âge...
Soudain, malheureusement, tout s'est passé trop vite: La soirée crêpes, le concert du piano, les repas au RU, les après-midis d´organisation du voyage à Budapest, les discussions sur Skype et enfin, être perdue une nuit dans les Carpates avec qqn peut aussi aider à lier qqch assez profonde…
Je venais de sortir de sa voiture direction la chambre 910 de la résidence A. Weiss.  [...]
C´était carrément la fin d un jolie voyage, et franchement (il faut avouer la vérité), quand je me suis rendue compte de l'évidence, j’ai eu très mal au cœur… Dans ma chambre, et avec une fatigue inexorable, je buvais une bouteille d´ ice tea comme si la fin du monde était proche. Chaque minute j´étais un peu plus près de cette vie idyllique des châteaux.  J´avais envie de "m' enfermer"sous la couette, et d’écouter sans arrêt un million de CDs qui alimenteraient mes rêves de petite fille.  Et, juste de cette façon là, sur fond de Sonatine de Ravel, je me suis douce et finalement endormie.

The morning- The weeknd

jueves, 6 de octubre de 2011

100 años

           El sueño me ahoga a las tantas...Tengo la noche en la punta de los labios. Vagabunda en mis propios zapatos. Entre las huellas digitales, guardo prisionera la radiografía de tu fractura con la sociedad.
Aprieto la llave a la cerradura de mi inocencia, Javier me llama; El ruido del móvil rompe la simetría que mi vida ya no tiene. Mi mundo cuelga del cable del teléfono. Soy un refugio nuclear desértico. Una catedral sumergida. Una paloma contemplando las estrellas desde la orilla. La nostalgia, inconformista, se escurre por las teclas del portátil. Suena una canción de los Beatles y el eco nervioso de tus pensamientos me vibra en la cabeza como las cuerdas de un violín en la caja de resonancia.

Desapareco de pronto del mundo como una pastilla efervescente en un vaso de agua. Me arranco de cuajo el recuerdo del día de la capucha. Me crucificas los labios en las mejillas y nos decimos adiós.

El aliento de la luna, lo quieras o no, es un bisturí que nos abre el apetito en canal. La noche se hipertrofia en mi reloj, se nos consume como un cigarrillo. Entenderás que la nicotina es muy adictiva. La bruma del reloj es implacable y es que el tiempo es hoy una ridícula marioneta.

Cuelga disecada tu saliva sobre el cuello de tu botella de cerveza. El frío de mi copa de vino me pone la piel de gallina, el mundo se derrama por las comisuras de nuestra boca. Tú también tienes frío y por eso se te pone cara de poeta maldito: me lanzas sin piedad alguna que la vida no es sueño, que la ciudad es hostil, se me llena el alma de lágrimas: tú aún no te has dado cuenta de que sigo queriendo ser una bailarina de ballet…

Hablamos de las llagas de nuestro corazón manoseado y luego te confieso que yo también juego a las muñecas rusas… Pero eso qué importará si a ti los aviones te dan igual, eres un equilibrista desequilibrado, odias al público que va a tu circo, tus gafas son agua contaminada, tienes el pulso acelerado, buscas desesperadamente un refugio, un lugar al que poder regresar, algo o alguien que te agarre al mundo.
A mí se me oxidan las razones escuchándote, te contemplo mitad cómplice, mitad escéptica, pero siempre silenciosa como una catedral.

El sol se deshace mientras me explicas un chiste malo. Miro atrás: te sangran las rodillas y aunque me gusta la medicina, ¡yo qué sé cómo curarte!. Tampoco sé lo que ponía el guión ahora… pero algún día tendré que decirte que todos estamos solos, que nuestras vidas caben en una maleta.

El cielo nos arrastra de vuelta a casa, el sol ya no calienta. Atardecer agrio y opaco que no me has dejado tiempo casi a saborear. 
El grito de las piedras al colisionar con nuestras pupilas de mercurio vuelve loco al perro. Corremos los 3 solos por los campos de castilla. Me embarga la maldita sensación de que somos los últimos hombres en la tierra. Tengo un frío terrible.

Tus palabras trazan un horizonte artificial entre nosotros. Las piedras pasan cabizbajas bajo la suela de mis playeros. El corazón del sendero nos zarandea. Odias la cirugía... una pena desnuda y mustia me pilla desprevenida en el descampado y me pide un penique. ¿Un penique? no tengo un penique... Se marchitan mis ganas de volver a verte al avanzar el camino. Pero no todo es finalidad. Estoy empezando a cogerle un gusto estúpido a hacer cosas que no me llevan a ninguna parte.

Tu mirada decadente me intenta derrocar. El cadáver del silencio me hace enmudecer. Pero soy una chica fuerte y no me rindo tan fácilmente. Me exilio unos pasos del camino. La piel húmeda de tu casa me hace sentir extranjera.
Nuestros ojos se funden en ninguna parte. Nos hemos teletransportado a otra era, otro país. Eres una manada de bisontes en estampida. Pero eso tampoco me da miedo. No eres el primer diastema que diagnostico.

El asfalto hierve bajo las ruedas del coche; a pesar de las metáforas, desde que he entrado en el coche, no me miras.
La arena mojada que trajeron tus zapatos de viaje me empaña la alegría. Trozos de ciudades bajo tus uñas me arañan el alma. Las cenizas de tus historias vuelan sin rumbo. Quieres reconstruir el mundo a partir de una de tus costillas. Sin embargo, mañana nunca será mañana. No sabes quién eres pero hace tiempo que te has lanzado a averiguarlo. Has vivido 100 años en los últimos 23. En tu autopista vas a 200 por hora a ninguna parte. Yo voy en la otra dirección, nos encontraremos en el otro lado del mundo o tal vez el inconformismo nos escupa de nuevo a aquí mismo.

Mañana serás solo la espina de una rosa al final del pasillo, un océano nos crujirá en dos.
Abandonaremos la ciudad, con o sin melancolía.
Me pregunto qué seremos cuando me marche. Cuando te marches.
El trozo de una canción.
Palabras al azar.
Unas manos frías.


Stranger- Tribe of Zebras

sábado, 1 de octubre de 2011

Interrail hacia un desconocido

Días iguales venían persiguiéndose durante todo el verano. Un verano inútilmente hambriento, ansioso por un futuro prometedor que no encontraba un puerto en el que atracar. Llevaba tres días durmiendo las mismas horas que un presidente del gobierno, y alimentándome a base de los "sweeties" que Kate Brandom me había regalado por mi cumpleaños. Definitivamente la situación era más insostenible que la última semana que pasé en Ibiza. Por no quedar, no me quedaban ni huevos... los había echado todos la semana pasada, cuando tomé la arriesgada (pero sana) decisión de dejar el anterior trabajo en la Ciudad Fantasma.
En aquella semana de purgatorio, yo... ya no era yo... la incertidumbre lo inundaba todo y me echaba un gélido pulso. Pero eso fue antes de aquel billete de tren de 7 horas y de París.

Julien Cohen estaba sentado en el asiento de al lado. Feroz cueva de náufragos, acogedor como un camino por el que has pasado ya muchas veces. Todo se lo tragó aquel vagón: diez amores efímeros e interculturales de medio pelo, dos periplos europeos a bordo de una mochila y la sinceridad que solo otorga el poder hablar con un desconocido que no te juzgará.
Lanzo una mirada fugitiva y aterciopelada a la imagen trasparente de Julien que emite el cristal del tren. Julien tiene la barba y el pasaporte de aquel guapísimo venezolano del pasado verano, el frágil y familiar perfume de Alex, la serenidad y la ternura de Martin y el morbo insano e inexplicable de Kissinger. Se rie sutilmente en la cafetería, como si pretendiese seducir al paisaje que abraza al tren, el instante me parece perfecto. Hasta el café (que es una mierda) me lo parece. Algo en mí se retuerce al pensar que habría sido un buen compañero de viaje en otra vida. Francamente... espero que la reencarnación exista!
Primeros rayos del crepúsculo: irreverente premonición de que nuestro destino es inminente. Entristezco de pronto como un viaje que no te has dado cuenta que se acaba. Julien se queda ausente y taciturno, como una noche en mitad del campo. Callado. Constelado.
Por primera vez odio los trenes (y supongo que también los atardeceres). Ambos son absurdos y despiadados, todo te lo dan y todo te lo quitan. Ahora y solo ahora entiendo a los mayas... Un cinturón espeso de silencio me ciñe los labios y enmudezco de forma inmediata. Dudo patológica y desesperadamente y me debato entre sentirme Fría, como un letargo doloroso en mitad de Laponia, Revuelta, como si me hubiesen pasado el intestino por una de esas centrifugadoras de las películas de Isabel Coixet o más bien Sola, como un espantapájaros en mitad de un campo de girasoles.

Al igual que las redes no retienen el agua, mi delirante juventud no entiende de reflexión o de pragmatismo masculino. Así que cae la hora de la venganza y dejo libres las riendas de un frío teclado que ha viajado conmigo más horas que la racionalidad en mi cerebro, para soltar en delirio mi sinfonía de palabras.
Este sería un momento ideal para llorar. Pero soy incapaz: estoy rota de cansancio... vaya por dios!
Fingimos una despedida falsa y desatinada, y como es de esperar, lanzo mis abatidas redes a los ojos transatlánticos de mi hermana, que ya sabe lo que viene ahora...
En la sofocante tempestad madrileña de la mañana siguiente, aun con los párpados superiores con resaca, y el funcionamiento de mis sinapsis en rehabilitación, lo intento. Intento y lo intento obstinadamente... desenredarme del pelo su imagen, su barba, su diastema interincisivo, la tímida solidez de sus ojos, la media sonrisa de su perfil derecho, su ceja izquierda ligeramente levantada, y unas converses sucias, exhaustas de conocer mundo.
Intento y lo intento haciéndome la remolona, dejar a un lado la embriaguez de sus palabras, de su voz, lo inalcanzable de la sensatez y la profundidad de un hombre 6 años mayor que yo. 

Con los días mis deseos se cumplen, y aparece un vaho en el cristal de un vagón cojo que casi con certeza no podría ir a ninguna parte. Mi corazón de verano me sermonea y luego se fuga como una ola.
Haber topado hoy con el teclado del ordenador ha sido como topar un loco con la cuerda de un campanario. Y quién sabe, tal vez todo puede ser viable si soy capaz de ponerlo por escrito: sí, igual al fin he doblegado mis pensamientos a la teoría de la visualización de la que hablaba Rhonda Byrne en "El Secreto".
Late sobre el silencio previo a que embarque hacia una nueva vida mi más solemne y firme deseo de no volver a encontrar a Julien en ningún otro tren en el que no compartamos destino. Está decidido. Eso me tranquiliza.

Sin embargo, una exclamación me atraviesa la garganta de pronto, !Qué paradoja!; Llevar DOS años deseando volver a Francia, mi país amado, la tierra prometida, y conseguirlo justo DOS días después de haber empezado a sentir por un instante el anhelo de permanecer en la capital del país que me dio a luz.

Pero la vida es algo más que trenes, así que tomo un avión.
Y me acurruco en el fondo del asiento del avión para pensar con nostálgica calma en el último cuaderno de viaje que escribí, heredero de un viaje que ya pasó o en el sabor del próximo que escribiré.
Y me abrocho el cinturón de seguridad, en unos minutos voy a aterrizar en la realidad...
Y veo bajo el vientre fértil del avión tintinear las luces de la gigantesca París.
Solo deseo volver a recuperar pronto mi pasión por los trenes.

Way back home -Bag Raiders