domingo, 6 de febrero de 2011

Precipicio en espiral

Era uno de esos 7 de octubre de los que nunca me olvido y Luis Kissinger me estaba esperando en un rincón de la estación de Atocha dispuesto a llevarme a tomar un Rueda con Lorca y Dalí. Hablamos toda la mañana de La Residencia de Estudiantes, de las vanguardias, de los cafés de París, del cubismo, del surrealismo y de Cadaqués. Supongo que este día es cuando comencé a sentir un cariño y una reverencia mística hacia a Kissinger y hacia el perfume de una capital que superaba los límites de todas mis expectativas. Le agradecí con la simpleza de una mirada que me hubiese llevado hasta allí, y permanecimos frente al jardín colgante despellejándole minutos a mi reloj de pulsera. Desgraciadamente, por la tarde fuimos al cine. Digo desgraciadamente porque salí de allí con una tristeza inmunda, pues acababa de darme cuenta de que ya no quedaban hombres como Fred MacMurray, con ese sex-appeal capaz de derretir a una fémina sin más maniobra que la del fruncido de sus hoyuelos. Kissinger está loco de remate, pero a pesar de todo creo que me resulta estimulante pasar tiempo con él, y bien mirado, supongo que la cordura no depende de las estadísticas. 
Como un día ya comenté, hace unos meses se hizo bohemio y nihilista, y ahora alardea hasta el extremo de la pedantería de negar los dogmas sociales, la existencia del ser humano, la libertad y hasta los cacahuetes pelados. Dice que le prendería fuego al determinismo, al capitalismo, a la dialéctica y a cualquier idea preconcebida que se le cruce por el camino. Yo creo que solo es que echa de menos a su bicicleta. Sé lo que es eso, yo también perdí la mía cuando salí de aquel país al que tanto amé. Como estratagema para cambiar de tema, le dije que me dolía la cabeza y sin responder una sola palabra me acarició la sien con la textura de sus labios y nos sumergimos en la inercia del metro. 
Kissinger es la única persona del mundo con la que era posible experimentar el esnobismo que un día tanto odié. Luis sabía también hablar en español y a pesar de todo se dirigía siempre a mí en francés en los lugares públicos (maldito hippie-burgués, eres sexy y lo sabes), momento en el que inevitablemente una atmósfera de intimidad especial me envolvía y me encerraba a su lado. Kissinger era el único ser en la tierra con el que podía hablar en el metro en francés del “1984” de George Orwell... hablar de que ninguna reforma había conseguido la igualdad humana, pues tras las conmociones, la estructura de altos-medios-bajos volvía a imponerse sustentada por la pobreza y la ignorancia, hablar de la mayor herejía del hombre -el sentido común-, o de que si un hombre tenía que elegir entre libertad y felicidad, siempre elegía la felicidad. Hablar de una realidad que estaba dentro del individuo, existiendo el pasado y el futuro únicamente en los textos, o de esa política que era como un grano de trigo que pasaba sin ser digerido por el cuerpecito de un pájaro. 
Kissinger tenía la misma fuerza absorbente que aquel precipicio en espiral de la escalera helicoidal de Giuseppe Momo en los Museos Vaticanos... él era en definitiva, la reconciliación de las contradicciones. 

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