sábado, 1 de octubre de 2011

Interrail hacia un desconocido

Días iguales venían persiguiéndose durante todo el verano. Un verano inútilmente hambriento, ansioso por un futuro prometedor que no encontraba un puerto en el que atracar. Llevaba tres días durmiendo las mismas horas que un presidente del gobierno, y alimentándome a base de los "sweeties" que Kate Brandom me había regalado por mi cumpleaños. Definitivamente la situación era más insostenible que la última semana que pasé en Ibiza. Por no quedar, no me quedaban ni huevos... los había echado todos la semana pasada, cuando tomé la arriesgada (pero sana) decisión de dejar el anterior trabajo en la Ciudad Fantasma.
En aquella semana de purgatorio, yo... ya no era yo... la incertidumbre lo inundaba todo y me echaba un gélido pulso. Pero eso fue antes de aquel billete de tren de 7 horas y de París.

Julien Cohen estaba sentado en el asiento de al lado. Feroz cueva de náufragos, acogedor como un camino por el que has pasado ya muchas veces. Todo se lo tragó aquel vagón: diez amores efímeros e interculturales de medio pelo, dos periplos europeos a bordo de una mochila y la sinceridad que solo otorga el poder hablar con un desconocido que no te juzgará.
Lanzo una mirada fugitiva y aterciopelada a la imagen trasparente de Julien que emite el cristal del tren. Julien tiene la barba y el pasaporte de aquel guapísimo venezolano del pasado verano, el frágil y familiar perfume de Alex, la serenidad y la ternura de Martin y el morbo insano e inexplicable de Kissinger. Se rie sutilmente en la cafetería, como si pretendiese seducir al paisaje que abraza al tren, el instante me parece perfecto. Hasta el café (que es una mierda) me lo parece. Algo en mí se retuerce al pensar que habría sido un buen compañero de viaje en otra vida. Francamente... espero que la reencarnación exista!
Primeros rayos del crepúsculo: irreverente premonición de que nuestro destino es inminente. Entristezco de pronto como un viaje que no te has dado cuenta que se acaba. Julien se queda ausente y taciturno, como una noche en mitad del campo. Callado. Constelado.
Por primera vez odio los trenes (y supongo que también los atardeceres). Ambos son absurdos y despiadados, todo te lo dan y todo te lo quitan. Ahora y solo ahora entiendo a los mayas... Un cinturón espeso de silencio me ciñe los labios y enmudezco de forma inmediata. Dudo patológica y desesperadamente y me debato entre sentirme Fría, como un letargo doloroso en mitad de Laponia, Revuelta, como si me hubiesen pasado el intestino por una de esas centrifugadoras de las películas de Isabel Coixet o más bien Sola, como un espantapájaros en mitad de un campo de girasoles.

Al igual que las redes no retienen el agua, mi delirante juventud no entiende de reflexión o de pragmatismo masculino. Así que cae la hora de la venganza y dejo libres las riendas de un frío teclado que ha viajado conmigo más horas que la racionalidad en mi cerebro, para soltar en delirio mi sinfonía de palabras.
Este sería un momento ideal para llorar. Pero soy incapaz: estoy rota de cansancio... vaya por dios!
Fingimos una despedida falsa y desatinada, y como es de esperar, lanzo mis abatidas redes a los ojos transatlánticos de mi hermana, que ya sabe lo que viene ahora...
En la sofocante tempestad madrileña de la mañana siguiente, aun con los párpados superiores con resaca, y el funcionamiento de mis sinapsis en rehabilitación, lo intento. Intento y lo intento obstinadamente... desenredarme del pelo su imagen, su barba, su diastema interincisivo, la tímida solidez de sus ojos, la media sonrisa de su perfil derecho, su ceja izquierda ligeramente levantada, y unas converses sucias, exhaustas de conocer mundo.
Intento y lo intento haciéndome la remolona, dejar a un lado la embriaguez de sus palabras, de su voz, lo inalcanzable de la sensatez y la profundidad de un hombre 6 años mayor que yo. 

Con los días mis deseos se cumplen, y aparece un vaho en el cristal de un vagón cojo que casi con certeza no podría ir a ninguna parte. Mi corazón de verano me sermonea y luego se fuga como una ola.
Haber topado hoy con el teclado del ordenador ha sido como topar un loco con la cuerda de un campanario. Y quién sabe, tal vez todo puede ser viable si soy capaz de ponerlo por escrito: sí, igual al fin he doblegado mis pensamientos a la teoría de la visualización de la que hablaba Rhonda Byrne en "El Secreto".
Late sobre el silencio previo a que embarque hacia una nueva vida mi más solemne y firme deseo de no volver a encontrar a Julien en ningún otro tren en el que no compartamos destino. Está decidido. Eso me tranquiliza.

Sin embargo, una exclamación me atraviesa la garganta de pronto, !Qué paradoja!; Llevar DOS años deseando volver a Francia, mi país amado, la tierra prometida, y conseguirlo justo DOS días después de haber empezado a sentir por un instante el anhelo de permanecer en la capital del país que me dio a luz.

Pero la vida es algo más que trenes, así que tomo un avión.
Y me acurruco en el fondo del asiento del avión para pensar con nostálgica calma en el último cuaderno de viaje que escribí, heredero de un viaje que ya pasó o en el sabor del próximo que escribiré.
Y me abrocho el cinturón de seguridad, en unos minutos voy a aterrizar en la realidad...
Y veo bajo el vientre fértil del avión tintinear las luces de la gigantesca París.
Solo deseo volver a recuperar pronto mi pasión por los trenes.

Way back home -Bag Raiders