viernes, 18 de febrero de 2011
lunes, 7 de febrero de 2011
Las palabras
Nuestro equilibrio emocional no depende del por qué o del cuándo se desarrollan los hechos, sino de cómo los asimilamos y del tiempo que nosotros mismos decidamos que nos afecten .
Las palabras pueden ser el filo de un cuchillo cortante o la caricia de la yema de un dedo; la espina de una rosa o el tacto aterciopelado del pétalo de un tulipán. Los hechos se olvidan, pero las palabras son inmortales, porque asustan más que los hechos y nos ofenden más que la realidad. Las palabras son condición exclusiva del hombre; nuestra manera de manifestar lo que creemos, sentimos o esperamos. De forma que, parece deducción innecesaria el decir que el amor carece de sentido y de realidad sin el reconocimiento que solo puede conferir la expresión oral.
Little Secrets- Passion Pit
domingo, 6 de febrero de 2011
Precipicio en espiral
Era uno de esos 7 de octubre de los que nunca me olvido y Luis Kissinger me estaba esperando en un rincón de la estación de Atocha dispuesto a llevarme a tomar un Rueda con Lorca y Dalí. Hablamos toda la mañana de La Residencia de Estudiantes, de las vanguardias, de los cafés de París, del cubismo, del surrealismo y de Cadaqués. Supongo que este día es cuando comencé a sentir un cariño y una reverencia mística hacia a Kissinger y hacia el perfume de una capital que superaba los límites de todas mis expectativas. Le agradecí con la simpleza de una mirada que me hubiese llevado hasta allí, y permanecimos frente al jardín colgante despellejándole minutos a mi reloj de pulsera. Desgraciadamente, por la tarde fuimos al cine. Digo desgraciadamente porque salí de allí con una tristeza inmunda, pues acababa de darme cuenta de que ya no quedaban hombres como Fred MacMurray, con ese sex-appeal capaz de derretir a una fémina sin más maniobra que la del fruncido de sus hoyuelos. Kissinger está loco de remate, pero a pesar de todo creo que me resulta estimulante pasar tiempo con él, y bien mirado, supongo que la cordura no depende de las estadísticas.
Como un día ya comenté, hace unos meses se hizo bohemio y nihilista, y ahora alardea hasta el extremo de la pedantería de negar los dogmas sociales, la existencia del ser humano, la libertad y hasta los cacahuetes pelados. Dice que le prendería fuego al determinismo, al capitalismo, a la dialéctica y a cualquier idea preconcebida que se le cruce por el camino. Yo creo que solo es que echa de menos a su bicicleta. Sé lo que es eso, yo también perdí la mía cuando salí de aquel país al que tanto amé. Como estratagema para cambiar de tema, le dije que me dolía la cabeza y sin responder una sola palabra me acarició la sien con la textura de sus labios y nos sumergimos en la inercia del metro. Kissinger es la única persona del mundo con la que era posible experimentar el esnobismo que un día tanto odié. Luis sabía también hablar en español y a pesar de todo se dirigía siempre a mí en francés en los lugares públicos (maldito hippie-burgués, eres sexy y lo sabes), momento en el que inevitablemente una atmósfera de intimidad especial me envolvía y me encerraba a su lado. Kissinger era el único ser en la tierra con el que podía hablar en el metro en francés del “1984” de George Orwell... hablar de que ninguna reforma había conseguido la igualdad humana, pues tras las conmociones, la estructura de altos-medios-bajos volvía a imponerse sustentada por la pobreza y la ignorancia, hablar de la mayor herejía del hombre -el sentido común-, o de que si un hombre tenía que elegir entre libertad y felicidad, siempre elegía la felicidad. Hablar de una realidad que estaba dentro del individuo, existiendo el pasado y el futuro únicamente en los textos, o de esa política que era como un grano de trigo que pasaba sin ser digerido por el cuerpecito de un pájaro.
Kissinger tenía la misma fuerza absorbente que aquel precipicio en espiral de la escalera helicoidal de Giuseppe Momo en los Museos Vaticanos... él era en definitiva, la reconciliación de las contradicciones.
Made for us- Mackintosh Braun
Made for us- Mackintosh Braun
Fenómenos meteorológicos
Ayer me entró la morbosa curiosidad de contar todas mis cicatrices, sintiéndome un poco como el soldado viejo que enseña orgulloso a sus nietos las marcas epiteliales que los conflictos bélicos le legaron. Conté muchas pero, no sé cómo (mala memoria?), al final en el total me salieron cuatro. Ellas son, a fin de éstas y otras cuentas, mis trofeos, la honra de mi historia y de mi lucha personal, las lentes de un telescopio desde el que he podido ver la miseria y la verdad de un mundo en pelotas. He tenido una enorme suerte de ser una superviviente...
...Y sobrevivir al oleaje del paso de un tiempo que nunca terminaba de pasar, al tornado de aceite hirviendo de un par de pupilas. A las olas de calor nocturno de la colcha, a los accesos de fiebre de sábado noche de las sábanas y al terror de los truenos de suspiros con nombres que con el tiempo ya se me van olvidando. Al efecto invernadero que crearon los proyectos que nunca llevamos a cabo. Sobrevivir a las tormentas tropicales del hemisferio sur de mi cintura y a las auroras boreales de una noche de tequilas. A la gota fría de los besos rancios o al terremoto que nos abrió en dos.Sobrevivir, sin pena ni gloria, a las gélidas nevadas de las historias con postillas levantadas, infectadas por el resentimiento y el miedo de no poder sangrar más, a todas las enfermedades mentales sin cura ni vuelta atrás. Sobrevivir al granizo de los marcos de fotos de alguien que ya no conocía. Y a la metralla que dejó el huracán de una noche deshabitada tras una primera o una última colisión.
Sobrevivir, sin remedio alguno, a las aguas contaminadas con el ácido sulfúrico de las contradicciones. O al tsunami de ropa que voló jadeante y apasionadamente por el pasillo. Sobrevivir a la precariedad emocional, a la sequía creativa, a la vagancia y a la dejadez de la imaginación. A la lava volcánica del dramatismo, al crujido de una cama y al fin del mundo de los ultimátum.
Sobrevivir, por qué no, a esa lluvia fina, que no cala pero moja, de las noches desafinadas con arpegios disonantes que retaban al contrapunto de mi cordura. A los eclipses lunares de mis días en vela. A la marea y al mareo de un barco sin rumbo.
Sobrevivir, por supuesto, al tiroteo del salvaje oeste de unos labios nuevos, febriles, valientes. A los viajes astrales del pasado en el presente. O al espejismo de un oasis de desengaños en el desierto de la incertidumbre. Al vino tinto, al vino blanco y a las burbujas del champagne de una mirada certera y profunda. A la exquisitez de las recetas glamurosas o a los ingredientes escatológicos de un pastel envenenado. Y supongo que también al orgullo de las mentiras pero no a la inocencia de la verdad.
De todas las cicatrices que pude imaginar tener algún día, éstas cuatro son una lotería. Porque gracias a ellas pude sobrevivir a la guerra, y lo más importante: sobrevivir al amor sin renunciar a él.
Verdens Storste Land- Casiokids
viernes, 4 de febrero de 2011
Rutina autorrealizante
Son las 17:32h. La temperatura exterior es de 15ºC y la humedad del 36%. Estamos en La Alameda, una encrucijada artística y minimalista en el epicentro de Atocha. Como de costumbre, inhalo en “La Pompa” (el domicilio de las Azcoitia) caladas de un ambiente de surrealidad inherente a la casa y de un mosaico que lucha por la conquista de lo irracional. La culpa de lo siguiente la tiene una de esas clásicas mañanas de domingo, hará ya muchas semanas, en las que me irrumpió una melancolía apocalíptica por un destino ingrato que en aquellos momentos se me antojaba culpable de mis dolores de cabeza, de mis dolores de columna y hasta de mi síndrome premenstrual; era la resaca.
Parecía no tener más alternativa que ceder a un brote de narcisismo y sumergirme en una retahíla interminable de recuerdos de amores interculturales y efímeros. Sin embargo, movida por un arrebato de originalidad, decidí tomar un camino divergente; un ejercicio exhaustivo de “desprejuiciación” y una bienvenida colosal al que será sin duda, un año fructífero en la historia de mi vida.
Ya había entrado glorioso en el calendario enero, y Kate Brandom y Clara Guillén se habían ido convirtiendo, poco a poco (junto con las Azcoitia), en uno de los mejores pasatiempos y alicientes de mi jornada. Ellas habían hecho que los problemas tuvieran la insignificancia de una larva de mosca.
Desde aquel domingo implantamos una comprometida y seria normativa de ámbito cultural y biológico, que comenzaba con las mañanas de estudio en la biblioteca del Museo de Arte Reina Sofía, rodeadas de libros, manuales y enciclopedias infectadas hasta la médula de arte y belleza. Para las tardes, apostamos por una decisión mucho más arriesgada; me gusta llamarlo “Subidón de feromonas” (o Gimnasio de Antón Martín).
Debo admitir que mi grado de felicidad y de autorrealización personal, aumenta cada día en relación directamente proporcional al pelotón de agujetas que ha colonizado ya músculos de mi cuerpo cuya existencia desconocía. Tardes y tardes de -literal- sudor y esfuerzo que concluyen con una especie de desvalida omnipotencia que me hace sentir que la cuesta que baja a casa desde el Gimnasio es aquella “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin... Los últimos minutos en la bicicleta elíptica son como una apoteósico y sobrecogedor final a ritmo de David Guetta en el que, un charco de éxtasis, similar a una sensación de drogadicción u orgasmo utópicamente sublime, se extiende y, surcándome los poros de la piel, se baña en todos los rincones de mi microcirculación; Salimos de allí convencidas de que nos hemos convertido en Superhembras y que cualquier día nos brotará un botón del esternón con el que, presionando, podamos volar o hacer que la compra del Súper aparezca delante de nuestras narices.
En el menú de las Superhembras ha quedado exiliada toda tentación hipercalórica. La única tentación que se permite es una de las diversas iniciativas promovidas en La Pompa llamada “sesión FRINGE”, que tiene lugar periódicamente a las 11 de la noche en la habitación de Kate. Me siento como Walter cuando salió del psiquiátrico y no podía dormir si no oía la canción de la botella de ron… ah, lo olvidaba, Peter Brishop es mi nuevo héroe de acción. La inexorable fatalidad de su destino y su innegable sensualidad gestual me vuelve más loca que Satie.
Los días se me escapan de los dedos con la ligereza del vuelo de una mariposa. Me acuesto acurrucada en una paz y una armonía solo comparable al olor a ropa recién lavada secándose al sol en los balcones de la calle del Hospital de Estrasburgo en primavera. Me siento sana. Soy feliz.
Animal- Mike Snow
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