Son las 17:32h. La temperatura exterior es de 15ºC y la humedad del 36%. Estamos en La Alameda, una encrucijada artística y minimalista en el epicentro de Atocha. Como de costumbre, inhalo en “La Pompa” (el domicilio de las Azcoitia) caladas de un ambiente de surrealidad inherente a la casa y de un mosaico que lucha por la conquista de lo irracional. La culpa de lo siguiente la tiene una de esas clásicas mañanas de domingo, hará ya muchas semanas, en las que me irrumpió una melancolía apocalíptica por un destino ingrato que en aquellos momentos se me antojaba culpable de mis dolores de cabeza, de mis dolores de columna y hasta de mi síndrome premenstrual; era la resaca.
Parecía no tener más alternativa que ceder a un brote de narcisismo y sumergirme en una retahíla interminable de recuerdos de amores interculturales y efímeros. Sin embargo, movida por un arrebato de originalidad, decidí tomar un camino divergente; un ejercicio exhaustivo de “desprejuiciación” y una bienvenida colosal al que será sin duda, un año fructífero en la historia de mi vida.
Ya había entrado glorioso en el calendario enero, y Kate Brandom y Clara Guillén se habían ido convirtiendo, poco a poco (junto con las Azcoitia), en uno de los mejores pasatiempos y alicientes de mi jornada. Ellas habían hecho que los problemas tuvieran la insignificancia de una larva de mosca.
Desde aquel domingo implantamos una comprometida y seria normativa de ámbito cultural y biológico, que comenzaba con las mañanas de estudio en la biblioteca del Museo de Arte Reina Sofía, rodeadas de libros, manuales y enciclopedias infectadas hasta la médula de arte y belleza. Para las tardes, apostamos por una decisión mucho más arriesgada; me gusta llamarlo “Subidón de feromonas” (o Gimnasio de Antón Martín).
Debo admitir que mi grado de felicidad y de autorrealización personal, aumenta cada día en relación directamente proporcional al pelotón de agujetas que ha colonizado ya músculos de mi cuerpo cuya existencia desconocía. Tardes y tardes de -literal- sudor y esfuerzo que concluyen con una especie de desvalida omnipotencia que me hace sentir que la cuesta que baja a casa desde el Gimnasio es aquella “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin... Los últimos minutos en la bicicleta elíptica son como una apoteósico y sobrecogedor final a ritmo de David Guetta en el que, un charco de éxtasis, similar a una sensación de drogadicción u orgasmo utópicamente sublime, se extiende y, surcándome los poros de la piel, se baña en todos los rincones de mi microcirculación; Salimos de allí convencidas de que nos hemos convertido en Superhembras y que cualquier día nos brotará un botón del esternón con el que, presionando, podamos volar o hacer que la compra del Súper aparezca delante de nuestras narices.
En el menú de las Superhembras ha quedado exiliada toda tentación hipercalórica. La única tentación que se permite es una de las diversas iniciativas promovidas en La Pompa llamada “sesión FRINGE”, que tiene lugar periódicamente a las 11 de la noche en la habitación de Kate. Me siento como Walter cuando salió del psiquiátrico y no podía dormir si no oía la canción de la botella de ron… ah, lo olvidaba, Peter Brishop es mi nuevo héroe de acción. La inexorable fatalidad de su destino y su innegable sensualidad gestual me vuelve más loca que Satie.
Los días se me escapan de los dedos con la ligereza del vuelo de una mariposa. Me acuesto acurrucada en una paz y una armonía solo comparable al olor a ropa recién lavada secándose al sol en los balcones de la calle del Hospital de Estrasburgo en primavera. Me siento sana. Soy feliz.
Animal- Mike Snow
