martes, 11 de enero de 2011

El enero de Luis Kissinger

Aquella tarde de enero había quedado con Luis Kissinger en la esquina del museo “MiniArtUras”, en una calle que se desprendía de la plaza de la cafetería de Émile Lemoine, el “Cafetilla Sixtina”, donde yo solía hacer siempre un alto en el camino antes de entrar a trabajar a la clínica del hospital universitario para leer el periódico y tomar uno de esos galácticos e incomparables croissants que el resto de pastelerías de la capital envidiaba.
La señora Lemoine era una mujer de unos cincuenta años, pequeña y un poco regordeta, de rostro pecoso y biprotrusión labial, lo que le otorgaba cierto parecido con Angelina Jolie. Llevaba siempre un moño alto siempre perfecto, porque solía decir que le hacía más alta, al igual que su reloj de pulsera Seiko. Se definía a sí misma como una amante de los pepitos de chocolate y el queso Camembert,  y sostenía que si la fabricación de croissants podía considerarse un arte, como de hecho así debería ser, ella era la “Miguel Ángel” de su Cafetilla Sixtina. Émile había nacido en la Baja Normandía, pero vivía en Madrid desde hacía 20 años, aunque seguía manteniendo sus costumbres francesas no como una forma de desadaptación sino como, lo que ella llamaba, una forma de preservar una identidad de la que se enorgullecía. Pasaba sus horas ensimismada asomada a la terraza de su “Sixtina”, como absorta en una obra de teatro interminable. Tenía un exquisito entusiasmo por la vida anodina de los ciudadanos que pasaban por aquel Madrid de principios de siglo XXI corriendo delante de su cafetería en dirección al metro, como si el diablo les persiguiese para llevarles a la hoguera.
La señora Lemoine trataba de ponerme al día sobre algún cotilleo, a lo que asentía irracionalmente con mi cara de escucha salomónica y contemplativa.
Miré hacia la plaza, bañada por un sol frío que empapaba las hojas que los árboles habían llorado aquella tarde. 
Vi en ese preciso instante a Kissinger cruzando la esquina de la calle Príncipe, como esa brisa fresca que peina las ciudades al principio del otoño. Atisbé la radiación inconfundible que desprendía su tronco delgado y esbelto.
Me levanté a pagar y despedí a la señora Lemoine apresurada, como si Kissinger se estuviese escapando de mí en lugar de yendo en mi búsqueda. Kissinger cruzaba por el otro lado de la plaza de Santa Ana, ajeno a mi mirada policial, que lo seguía a distancia. Me latía el corazón de forma brutal en las sienes. Aflojé el paso con la delicadeza de quien se desabrocha el botón de una camisa de seda, con el objeto de concederme un par de segundos para mirarlo con la misma contemplación con que se miran las cosas por primera vez. Kissinger se detuvo y giró la cabeza, descubriéndome al fin. 
Tomé aire.