viernes, 21 de enero de 2011

Le parcours

" Tout se rattache aux fondamentaux de l'existence humaine: la vie, l'amour, la mort... les instants de basculement qui parsèment nos vies et ce que nous étions à l'origine, dans la mesure où chaque étape décisive d'un parcours de vie se situe forcément par rapport à la source et par rapport à l'embouchure de ce parcours. " (Premières fois. Uno de esos libros que cambiaron mi vida)

Me voy corriendo, que Martín me espera en nuestro barrio preferido de Madrid. :):)
Disfruten del finde, porque se presenta... cómo decirlo? ... SURREALISTA, eso es  jajajaja
hoy tengo los niveles de electricidad por las nubes!
Irene


Sunday morning birds- Pajaro Sunrise

jueves, 20 de enero de 2011

Viajar por viajar

Strasbourg. 5.45 de la mañana. -17ºC. Sensación térmica: tengo ganas de que me desmonten todos los huesos del cuerpo y me afinen las venas como las cuerdas de un violín. En su lugar se me resbala el carnet del “tram” de los dedos… mi cuerpo ha perdido toda sensación propioceptiva. Mi grado de arroje y motivación por conseguir ese billete de tren me ha llevado a delinquir y, lo peor, estoy orgullosa.
Charles de Gaulle. Una chica espera en la cola frente a mí, parece que sabe a dónde va… cómo la envidio. Lleva un estuche con una viola en el que está escrito “la beauté est un bien qui peu dure, qui l´a doit la mettre en usage”. Me parece un buen eslogan para un músico.
Orly. Hay tanta gente de repente que comienzo a sentir una mezcla entre la náusea y el vértigo. Me compro un Frapuccino Moka escandalosamente caro… qué bien sabe! el dinero hace horas que dejó de tener importancia, exactamente desde el momento en el que me sentí atrapada en este país.
Beauvais. Nunca he visto un aeropuerto más feo con tantas vocales juntas. Desearía con todas mis fuerzas haberme decantado finalmente por la  familia alsaciana en lugar de someter a mi organismo a esta tortuosa e interminable inmolación. Mis ganas de entablar una conversación con el ser humano que respira a mi lado superan a mi timidez, e inicio, espontánea, una conversación con un chico joven que se parece a Guillaume Canet. Sus ojos brillan como las luces de Budapest sobre el Danubio. Es gracioso que él sea alemán y yo española, y que nuestra única posibilidad de comunicación sea que él me hable en inglés y yo responda en francés… No sé cómo pero hemos terminado hablando de "A Clockwork Orange" (La Naranja Mecánica) y del conductismo de Watson y Skinner. Creo que está algo loco. Me encanta. Me dice su nombre y  me hace prometerle que incluiré nuestro encuentro en mi cuaderno de viaje.
París Montparnasse. Hacía semanas que no pisaba París. Me sigue pareciendo magnífica, a pesar de la nieve (responsable de mi peregrinaje) o de que tenga un tobillo medio roto y mis hombros ya no me dirijan la palabra. Todo me resulta tan familiar que se me hace acogedor. En la cola me he acabado “La famille de Pascual Duarte”. Nota mental: dejar de leer, estoy empezando a delirar en francés.
Bourdeaux. Está siendo el viaje más romántico y bohemio de mi vida. En la estación he comprado una postal que me he pegado en el corazón y un billete de tranvía que me ha rejuvenecido diez siglos. Desde la cafetería de “Entre temps”, una señora leyendo un periódico local con gafas de vieja secretaria me mira de reojo. Me tomo mi “chocolat chaud” sin quitarme el chapeau y respiro profundamente ese ambiente a café francés de las películas de Jean-Pierre Jeunet con las que siempre soñé. Me siento tan Amélie que por un segundo tengo el impulso de darme la vuelta, y acercarme al fotomatón de la esquina, por si es allí donde está escondido mi Mathieu Kassovitz. 

Pourquoi c'est beau- Christophe Maé

miércoles, 19 de enero de 2011

Sonrisa de caramelo

Aquí estamos Julia, Clara Guillén (su nueva compañera de piso) y yo. Hemos bajado a sentarnos al muelle a hablar de lo que le pasó el otro día a Irene. Me he dado cuenta de que hablábamos con esa indolencia de cuando ya ha pasado el tiempo suficiente como para poder reírte de una situación. 
Julia nos ha introducido a su "Salvatore", ese accidente de simetría, inmune al despeine, que ha conseguido hacer que "la física sea apasionante" para Julia.
Yo, por mi parte, he contado que esta mañana he tenido como paciente al pastelero que hace el roscón de reyes al mismo Rey (verdad verdadera) y que me ha obsequiado con una caja enorme de calorías en forma de trufas y pastelitos de chocolate... creo que no podía haber elegido mejor profesión! 
Clara, para culminar la sesión "Gossip girl" nos ha estado explicando cómo son los hombres en su país, de lo que no puedo más que sacar como conclusión otro argumento más para la poligamia y afirmar con más rotundidad que nunca que Darwin era un soñador, pero en fin, algún precio tenía que tener poder mear de pie... Lo más bonito que Clara nunca había escuchado de su primer novio fue algo así como “tienes unas tetas que ya quisiera La Primavera de Botticelli” (no me queda claro si esto era un cumplido o una condena). El segundo -dice- le robó la respiración, el corazón y el sueño (en ese orden). He mirado a Julia y he visto que se le había indigestado el bulbo raquídeo. La conversación se movía por unos derroteros que su pudor semántico no era capaz de digerir. Me encanta Clara, es una chica que promete muchas risas; creo que este curso voy a pasar mucho tiempo en casa de las Azcoitia.
Al cabo de un rato Irene ha llegado, con una sonrisa de caramelo, reluciente de silencio. Su mirada de porcelana revelaba todo sobre su cena en el etíope. Creemos que su amnesia va remitiendo, pero sigue sin recordar nada del pasado más cercano. Me ha preguntado que de quién es el tocadiscos de color cerezo del salón. A Julia se le ha puesto la carne de gallina y a mí me ha invadido una tranquilidad infinita su pregunta. Era un verdadero milagro; según nos contó, Martín le había regalado una rosa el día de la cena, gracias a la cual, Irene pudo salir de su cárcel de recuerdos con espinas tras despertarse del coma. Estoy contenta por ella; por fin podrá recordar y reconstruir su propia historia como ella siempre quiso; con una sonrisa de premolar a premolar.

Walking on a dream- Empire Of The Sun

martes, 18 de enero de 2011

Reanimación con salsa berebere

Irene llevaba 22 años buscando. Buscaba a un poeta, para ser la musa de sus sinestesias; a un cineasta para ser la piel de sus historias de amor; a un pintor, para salir con él por las tardes a dibujar las puestas de sol en la playa; a un fotógrafo, para que guardase en su objetivo un beso sobre su lunar de la espalda; a un bailarín, para hacer el amor a ritmo de tango; o a un músico, para ser el latido interno de las melodías de sus manos.
Pero hace unos días, se cansó de buscar y ha caído enferma. Irene está enferma de decepción. Ha entrado en shock anafiláctico de desengaño. Sufre masoquismo y demencia senil, además de -como ya comentamos-, crisis epilépticas de inconformismo. Se despierta con arritmias de incomprensión, reflujos gastroesofágicos de rabia y asma de impotencia. El fin de semana le han salido ampollas de insatisfacción, ha sufrido anemia creativa y convulsiones febriles de signos de interrogación.  
El lunes decidió entrar en coma, y así lleva, exactamente, 3 días, ni uno más, ni –por desgracia- uno menos. 3 días desconectada de la realidad. He rezado para que un milagro pase. Para que se levante una mañana al lado de ese artista al que lleva 22 años buscando y sienta que la vida… que la vida podría ser maravillosa.
Hoy, 4º día de su coma (siempre le gustaron los jueves), ha llamado al timbre el médico al que habíamos avisado su hermana Julia y yo. Traía analgésicos potentes y un individuo que decía ser músico, pintor y cineasta. Interesante…, me dije. He girado la cabeza para examinarlo y -para mi sorpresa-, he comprobado que era el mismísimo Martín, con una rosa asomando en el bolsillo trasero del pantalón. Julia me miraba, cómplice, de reojo. Le dije que valía, que íbamos a probar. Al cabo de una hora, Irene ha abierto al mundo unos ojos exhaustos de estar ciegos y, con la confusión de su amnesia, ha preguntado por el nombre del chico.  Le he dicho que se llamaba Martín y, esbozando una sutilísima sonrisa, ha balbuceado: “es un nombre muy bonito”. A Martín se le han llenado los ojos de agua y la ha cogido por la cintura como si fuese una bailarina de ballet de cristal.  Hace diez minutos que se han ido. Se la ha llevado a cenar fuera a un restaurante etíope… no sé qué tal le irá la salsa berebere a Irene en su estado, pero confío en que bien. 

Fields of Gold- Sting

lunes, 17 de enero de 2011

El algoritmo


Algunas veces mataría a Irene. Hoy me ha sonado el móvil en mitad de clase de Odontología Legal. Era ella. He salido disparada por si le pasaba algo importante. Me llamaba desde Rusia, nada más y nada menos. Sólo pude oír un “ya lo entiendo, ya lo entiendo!!”, hablaba con ese aceleramiento y esa incoherencia de cuando hablas más rápido de lo que piensas.
Irene se había pasado la mañana en el Hermitage de San Petersburgo y además de una sobredosis de arte, por lo visto, había encontrado un nuevo sentido a su vida mientras observaba un Monet. Aquella noche no había dormido mucho por culpa del Vodka ruso. Llevaba trece minutos mirando el cuadro hasta que, más por casualidad que premeditación, se alejó un poco, ladeó el cuello y se le encendieron las pupilas… “claro…” pensó. Y acto seguido me llamó.

“Maxime, te juro que estaba viendo ese Monet y no comprendía nada. Pero de pronto vino a mi mente la imagen de Martín. Y me dije, genial Irene, ayer se te fue de las manos con el vodka, porque ¿¿qué coño tendrá que ver Martín con el impresionismo??. Pues lo tiene que ver todo, Maxime, todo. Martín es ese cuadro, es esos cien millones de puntos que pintó Monet. Pero he tenido que caminar dos metros hacia atrás para averiguar lo que se escondía tras ellos”.
 
Martín e Irene siguen siendo aquellos dos niños pequeños de la clase de coro que un día salieron de su burbuja. Son un puzle de trece mil piezas descolocadas en el espacio y en el tiempo. Irene tiene mucha imaginación pero nunca se le pasó por la cabeza dedicar un poco de tiempo a ordenar unas piezas que quizás podían encajar a la perfección, por más que intenté hacerla entrar en razón, hasta que aquella mañana  decidió quitarse sus gafas de sol de Audrey Hepburn. Yo no creo que la culpa la tuviese Monet, en todo caso Francia o las canciones del café Europa. Pero a mi amiga no le bastan 15 otoños, ella necesita algo más, como un golpe en la cabeza o una alineación de planetas.  
Todas las personas que llegan a su corazón lo hacen de la misma forma: Sin hacer demasiado ruido. Julia y yo tenemos la teoría de que la rapidez e intensidad de las obsesiones de Irene son directamente proporcionales a su capacidad para pasar hoja. A más rápido entran las flechas en su corazón, menos secuela dejan. Sin embargo, las que lo hacía sigilosa y lentamente, como una periodontitis crónica, permanecían irreversibles. Martín no sabía mucho de procesos agudos o crónicos, pero había conseguido el algoritmo para dar en la diana de Irene.

You get what you give- New Radicals

El collage de Maxime Dudouet

Maxime Dudouet, por ejemplo, soy yo. Ya he vivido 22 años, aunque esto sea una incongruencia, pues nací hace solamente tres, fecha en la que tomé la decisión más importante de mi vida: arriesgarme a ser valiente.
Por eso, AHORA soy el collage del lado positivo de las consecuencias que trajeron pequeños cambios que no había previsto en la vida. Soy todo lo que me gustará tener en el futuro y nada de lo que ya no quiero de algún momento del pasado. Soy el inconformismo agudo de Irene, el queso de los macarrones de Julia, la piscina a la que -gracias a Alex- Irene se tiró de cabeza, los “je t´aime” que aquel francés guapo me dijo en París, la fragilidad y la juventud de Kissinger, los 7 cuadernos de viaje que terminé de escribir ayer y los 15 otoños sorbiendo chocolate caliente junto a Martín

This is the life- Two Door Cinema Club

domingo, 16 de enero de 2011

El regreso de las semicorcheas

Julia Azcoitia es la hermana pequeña de Irene. Le gustan las medias grises, los macarrones con queso y el Kitsuné Maison Compilation. La gente dice que son como dos gotas de agua, y yo tengo que admitir que cada día se parecen más. Su relación es algo que me ha suscitado siempre una envidia insana; Irene y yo somos como hermanas, pero Julia es –ante todo– su mejor amiga. Tomamos desde hace años cada domingo café con Baileys y galletas María en su casa después de la comida y desde los 18 de Julia, ella también sale de fiesta con nosotras con mascarillas de oxígeno, llaves y candados, por si las moscas. 
Julia heredó toda la responsabilidad y el pragmatismo que a Irene y a mí la genética no nos quiso conceder, y aunque tenga cuatro años menos, somos nosotras las que le imploramos consejos para solucionar nuestros problemas metafísicos. Julia tiene mucho genio, y aunque le tenía mucho cariño a Alex, el día en que éste le dijo a Irene que “no tenía claro” si quería tirarse de cabeza a la piscina, se puso como una fiera y le pidió a su hermana que se librase de la hipocresía de someterse a una realidad que no cuadraba. Irene, que veía con más claridad desde los ojos de su hermana miope, aceptó que se prohibiese taxativamente escuchar el tocadiscos de Alex en aquella casa, e invadida por la certeza absurda de que todo era posible, comenzó a confiar con más fuerza que nunca en que el destino estaba a la vuelta de la esquina (como una furcia). 
Volvió a hacer pasta de sal, volvió a escribir, a dibujar corcheas y semicorcheas en los márgenes de las hojas de sus apuntes de cirugía maxilofacial y a creer con fe ciega en la teoría de los videojuegos de Martín. Volvió a anclarse a la vida, aquella que había descubierto el año que vivió en Francia y que lo había cambiado todo para siempre. En lo referente a mi historia con Kissinger, directamente piensa que es una entelequia y me recomienda aumentar las dosis de chupitos de Brandy a la mínima recaída.
Julia nos ha dicho esta tarde algo que no he entendido del todo; ha dicho que si no queremos vivir de espaldas a la sensualidad de lo sublime que miremos a nuestro alrededor… ¿se referiría a que deberíamos llamar a Martín Colunga e invitarle a tomar un daiquiri de fresa en La Latina? 

Climbing Walls- Strange Talk

sábado, 15 de enero de 2011

Los sorbidos de chocolate de Martín

 
Conocí a Martín Colunga cuando aún no se me habían comenzado ni a calcificar los gérmenes de las muelas del juicio. No me gusta el otoño, pero qué le voy a hacer si era el otoño del 96. Martín llevaba un pantalón corto y una camiseta azul marino manchada con helado de fresa. De cuclillas sobre la plaza del Conservatorio de Música, jugaba con un monopatín diminuto con el logotipo de Coca-Cola y al pasar delante de él, por acto reflejo me clavó unos ojos negros que prometían más solidez que el franco suizo. Tuve la certeza de que tras bajar la mirada había iniciado un viaje espacial y ahora estaba en otro universo paralelo. Me pareció un niño sencillamente feliz.
Primer día de clase de coro. Colunga estaba sentado por apellido entre Irene y yo... Solo de sopranos y Patricia Guerra, aburrida, le estaba dando pataditas en la espalda desde la fila de arriba a Irene mientras se burlaba de mí porque desafinaba. Yo odiaba el coro, pero aún odiaba más a Patricia Guerra, una niña que no sabía ni leerse la talla de los pantalones y que humillaba a Schumann cada vez que tocaba piano. Irene no pudo evitar mirar a Martín en busca de refugio, pero en sus ojos no había ni refugio ni paz, sino un volcán en erupción que se levantó como un ninja para marcarle un zapateado de barro al abrigo de Patricia. Irene y yo empezamos a reírnos como locas. Conclusión: el profesor nos echó de clase a los tres… Ya en la cafetería, Martín nos preguntó el nombre mientras metía monedas en la máquina de chocolate caliente. Acto seguido, dio un sorbo esperpéntico e interminable y nos ofreció un trago que nos unió para siempre.
Hoy es 15 de enero de 2011. Estoy con Irene en mi bar favorito de Malasaña, al que por suerte nunca llevé a Kissinger! Martín acaba de entrar… Irene creo que se ha puesto nerviosa (¿?) jajaja lo sé porque acaba de destrozar la servilleta de papel que tenía en la mano izquierda… me han dado ganas de reírme otra vez como cuando Martín le pisó el abrigo a Patricia… es curioso, han pasado 15 otoños y sigue dándole los mismos sorbidos al chocolate… 

Ghost train- Summer Camp

viernes, 14 de enero de 2011

La hija bastarda de Debussy

Irene Azcoitia acaba de llegar. Viste un camisa con lunares de ese “blanco romántico” que –dice- le hace sentir más suave. Viene a enseñarme orgullosa unos discos de vinilo de segunda mano que acaba de adquirir en la plaza del Dos de Mayo. Irene escucha vinilos porque está pagando el tributo a una arriesgada elección: Alex, su exnovio, quien le había regalado en la tercera parte de una historia demasiado larga, un tocadiscos retro diseño de los 70 de color cerezo, único legado material del que aún no se había desprendido tras su noviazgo –sin contar con un álbum de fotos repipis en el Retiro una tarde de Otoño–. Irene dice que está enamorada o desenamorada a la primera de cambio, creo que es un tic nervioso contra el que ninguna terapia será efectiva. No me preocupa mucho mientras siga durmiendo como un tronco por las noches. Lo único que me inquieta en lo concerniente a su estado de salud son esos períodos agudos de inconformismo que sufre de vez en cuando.
Irene tiene obsesiones extrañas, repite con frecuencia desmedida frases como “situación surrealista” o “se nos ha ido de las manos”, pero me lo paso muy bien con ella porque se ríe como si lo fuesen a prohibir y cuando salimos de discoteca siempre se las arregla para convencer a algún pobre ingenuo de que es la hija bastarda de Debussy. El cortex de Irene es incapaz de concebir frases como “me aburro” o “nos quedamos en casa” porque lo que le preocupa no es morirse, sino darse cuenta un día de que no ha vivido nunca. Por eso mismo, el día en que su madre, a la tierna edad de 7 años, le prohibió la pasta de sal (la gama de posibilidades de su universo creativo se desmoronó) me obligó a apuntarme con ella a clases de ballet y de piano, porque además -en el fondo- (a pesar de lo que diga de las fotos del Retiro) es una repipi...

Belong -Washed out

martes, 11 de enero de 2011

El enero de Luis Kissinger

Aquella tarde de enero había quedado con Luis Kissinger en la esquina del museo “MiniArtUras”, en una calle que se desprendía de la plaza de la cafetería de Émile Lemoine, el “Cafetilla Sixtina”, donde yo solía hacer siempre un alto en el camino antes de entrar a trabajar a la clínica del hospital universitario para leer el periódico y tomar uno de esos galácticos e incomparables croissants que el resto de pastelerías de la capital envidiaba.
La señora Lemoine era una mujer de unos cincuenta años, pequeña y un poco regordeta, de rostro pecoso y biprotrusión labial, lo que le otorgaba cierto parecido con Angelina Jolie. Llevaba siempre un moño alto siempre perfecto, porque solía decir que le hacía más alta, al igual que su reloj de pulsera Seiko. Se definía a sí misma como una amante de los pepitos de chocolate y el queso Camembert,  y sostenía que si la fabricación de croissants podía considerarse un arte, como de hecho así debería ser, ella era la “Miguel Ángel” de su Cafetilla Sixtina. Émile había nacido en la Baja Normandía, pero vivía en Madrid desde hacía 20 años, aunque seguía manteniendo sus costumbres francesas no como una forma de desadaptación sino como, lo que ella llamaba, una forma de preservar una identidad de la que se enorgullecía. Pasaba sus horas ensimismada asomada a la terraza de su “Sixtina”, como absorta en una obra de teatro interminable. Tenía un exquisito entusiasmo por la vida anodina de los ciudadanos que pasaban por aquel Madrid de principios de siglo XXI corriendo delante de su cafetería en dirección al metro, como si el diablo les persiguiese para llevarles a la hoguera.
La señora Lemoine trataba de ponerme al día sobre algún cotilleo, a lo que asentía irracionalmente con mi cara de escucha salomónica y contemplativa.
Miré hacia la plaza, bañada por un sol frío que empapaba las hojas que los árboles habían llorado aquella tarde. 
Vi en ese preciso instante a Kissinger cruzando la esquina de la calle Príncipe, como esa brisa fresca que peina las ciudades al principio del otoño. Atisbé la radiación inconfundible que desprendía su tronco delgado y esbelto.
Me levanté a pagar y despedí a la señora Lemoine apresurada, como si Kissinger se estuviese escapando de mí en lugar de yendo en mi búsqueda. Kissinger cruzaba por el otro lado de la plaza de Santa Ana, ajeno a mi mirada policial, que lo seguía a distancia. Me latía el corazón de forma brutal en las sienes. Aflojé el paso con la delicadeza de quien se desabrocha el botón de una camisa de seda, con el objeto de concederme un par de segundos para mirarlo con la misma contemplación con que se miran las cosas por primera vez. Kissinger se detuvo y giró la cabeza, descubriéndome al fin. 
Tomé aire.




viernes, 7 de enero de 2011

Vivo, entonces soy

Me llamaste burbuja Freixenet y Audrey Hepburn en Avilés...canté una mañana en Helsinki un rap en francés.
Fui princesa en Viena, me hice bohemia en Praga,...estuve perdida en los Cárpatos, cené en casa del Conde Drácula
Sobrevolé desde una lancha las aguas del archipiélago finlandés...estuve en la fiesta nº100 de las termas más antiguas de Budapest
Me tiré de cabeza en la Blue Grotto maltesa... me colé en un TGV camino de la frontera.
Jugué al 21 en sujetador en el sótano de la Alfred Weiss... me senté en las butacas del Parlamento Europeo estrasburgués
Me despertaste en Granada con Ravel, y en Alicante con Chopin... escuché  un "je t´aime", en lo alto de la Torre Eiffel
Vi dormirse a Madrid desde el Ático de Bellas Artes... paseé de la mano de un francés guapo en Montmartre
Bailé la Macarena en Gante... paseamos en Venecia sobre los canales
Me perdí en Estambul en el Gran Bazar,... bailé en Ámsterdam el Saturday Night
Me compré en Candem Market algo estrafalario,... me besó un pianista a orillas del Mediterráneo
Conocí el mismo día todos los aeropuertos de París... pinté un “yonki piños” en las ruinas del muro de Berlín
Vi en la Acrópolis a una estrella guiñarme el ojo... me reí en directo con un monólogo de Goyo
Nos bañamos desnudas en las aguas del Báltico... bailé apasionadamente con un húngaro un tango
Desayuné salchichas en Frankfurt, vodka en Rusia, sopa en Costanza... tomé Champagne en París, Capuchino en Roma y salmón en Finlandia
Vi la puesta de sol más eterna de camino a S. Petersburgo,... me llevaste a cenar al restaurante más caro de Estrasburgo
Tuve 2 pianos, un novio hardcoreta, 3 frascos de maquillaje,...1 bicicleta roja, 2 tamagochis y 7 cuadernos de viaje…


Lisztomania- Phoenix